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Ni democracia formal ni social

Luis Britto García

Demasiado fuerte es el prestigio de la Democracia como para que la clase dominante siga negándola.

A partir de la antigüedad grecorromana el debate político se centra en alcanzar la democracia formal como instrumento para conquistar la económica y social.

Desde el siglo pasado la estratagema de la derecha consiste en conceder la primera para negar la segunda.

Tras duras y prolongadas batallas consiguió el pueblo el sufragio universal; la oligarquía lo inutilizó limitándolo a la selección de mandatarios.

Así ocurrió en Venezuela con el Pacto de Punto Fijo de 1958: su primera cláusula limitaba el debate electoral a planchas y candidaturas, la segunda imponía un programa único para los contendores; la tercera excluía a socialistas y comunistas. Nadie puede cambiar el juego jugando con las reglas del juego.

Desde fines del siglo XX movimientos progresistas ganan elecciones en América Latina, respetan escrupulosamente los principios del llamado juego democrático, garantizan total libertad de expresión,
independencia de los poderes, propiedad privada sobre la mayoría de los medios de producción, ejemplar garantía de derechos humanos legales, económicos y sociales.

La derecha utiliza esas libertades para impugnar elecciones legítimas como fraudulentas, dar golpes de Estado militares, mediáticos, judiciales y legislativos, diluviar desinformación y falsas acusaciones de violación de derechos humanos, desatar guerras económicas, de Cuarta Generación y ofensivas paramilitares de homicidio selectivo, linchamientos y terrorismo, instaurar dictaduras o seudodemocracias que revierten toda conquista económica y social.

De nada le valió a ningún progresismo su buena conducta y su atildado legalismo: contra todos clase dominante e imperio tiraron a matar, como si se tratara de revoluciones radicales.

Cuando el pueblo intenta utilizar la democracia formal como instrumento para la económica y social, la clase dominante no concede ni la una ni la otra.

Ejemplos, el bloqueo y agresión contra Nicaragua, los consecutivos derrocamientos de Mel Zelaya, Fernando Lugo, Dilma Rousef, la tentativa de secesión de Bolivia, el golpe contra Correa, el encarcelamiento de Lula, el exterminio de dirigencias radicales en Colombia a partir de los Acuerdos de Paz, el ininterrumpido intento
de aniquilación del movimiento bolivariano sostenido desde su primera victoria electoral en 1998, crímenes todos perpetrados con prescindencia del pueblo e incluso contra su voluntad.

En todos presenciamos el acoso contra movimientos que llegaron a la primera base política, alcanzaron a veces a la segunda base social pero no pudieron conquistar la tercera base económica ni culminar la
carrera convirtiendo a la clase dominada en dominante.

Recordemos que Zelaya y Lugo apenas intentaron tímidas reformas contra las trasnacionales; que Cristina Kirchner tras su frustrado enfrentamiento con los latifundistas pactó con el centro, que también
lo hizo Dilma y que Temer era su vicepresidente; que aparte de sus dramáticos logros contra la desigualdad y en el bienestar, ningún progresismo logró la propiedad social integral de los medios de producción ni la abolición de las clases sociales.

Mala es una guerra en la cual la reacción emplea todas las armas legales e ilegales y la Revolución ninguna.

Tras matar al tigre político no hay que tenerle miedo al cuero económico y social.

Dormir con el enemigo puede acarrear el sueño eterno.

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