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Los Huevos de la Serpiente y el Poder Constituyente

José Gregorio Linares

En la película El huevo de la serpiente, de Ingmar Bergman, uno de los personajes dice: “Despierto de una pesadilla y descubro que la vida es peor que el sueño. Nada funciona bien a excepción del miedo”. Es un mundo de terror. Y eso es lo que impone la derecha en los espacios tomados por sus violentos prosélitos. Eso es lo que encuentran a su alrededor las personas que intentan ser felices y no los dejan: una realidad siniestra, peor que la más terrible de las pesadillas, y el miedo a encontrarse de cerca con los verdugos y ser consideradas enemigas. Si esto ocurre, puede pasar de todo: acoso, insultos, amenazas, persecución, asaltos, destrozos, robos, linchamientos, violaciones, torturas, lesiones, muerte.

En estos escenarios la derecha exhibe su verdadera esencia. Sus actos denotan su naturaleza perversa. Sus actitudes permiten vislumbrar la hiel que ha alimentado sus emociones. Sus intenciones dejan entrever lo que haría, de no ser contenida, la bestia capaz de destruir todo lo que hemos creado. Su indiferencia ante el dolor muestra su alma corrompida. Lo que vemos en las calles y urbanizaciones, una vez que los terroristas se han marchado, es la antesala de lo que impondrían en todo el país si llegan a hacerse con el poder: un mundo de escombros, donde bandas armadas persiguen personas inocentes.

No hace falta ser vidente para percatarse de que este es el preludio de un porvenir de muerte y desolación, si no enfrentamos con inteligencia y audacia a estas víboras destructivas. Como se dice en la película: “Cualquiera puede ver el futuro, es como un huevo de serpiente. A través de la fina membrana se puede distinguir un reptil ya formado”. El film recrea la Alemania de los años 20, período previo al triunfo del nazismo. Muestra las barbaries que ejecutaban los nazis aun antes del triunfo de Hitler. “Liberamos las fuerzas destructoras. Exterminamos lo inferior y aumentamos lo útil”, declara uno de los personajes. Los nazis provocaron a sus oponentes y casi nadie los enfrentó. Entonces quedaron convencidos de que sus adversarios “están temerosos, derrotados, humillados”. La impunidad los hizo más soberbios e insolentes. Luego tomaron el poder y ejecutaron una masacre cuyos sacrificados eran todo “lo inferior. ¡Aprendamos!
En estos momentos en nuestro país solo existe una disyuntiva: la Vida, expresada en el Poder Constituyente, o la Muerte agazapada dentro del Huevo de la Serpiente. Parafraseando a Argimiro Gabaldón es la alegría y la vida en tremenda lucha contra la tristeza y la muerte. Así, el Poder Constituyente combate a los heraldos de la muerte y les arrebata sus guadañas. Expresa la conciencia de clase de los oprimidos, y los intereses geopolíticos de Venezuela. Toma partido por la felicidad de las mayorías populares e impide que la vida se convierta en un infierno. Por esta razón exalta lo más elevado del ser humano: su sensibilidad basada en el amor. Allí reside precisamente su grandeza porque según José Martí: “Los hombres van en dos bandos: los que aman y fundan, y los que odian y deshacen.”

En ese sentido, el Poder Constituyente crea una cultura de paz y convivencia que enfrenta la barbarie del sicariato y el narcotráfico. Defiende los derechos humanos y castiga a los genocidas profanadores de tumbas. Auspicia la discusión y el debate, y se opone a la quema de libros y de gente. Promueve los saberes y las luces frente al oscurantismo y las barricadas. Defiende la soberanía y la dignidad ante al entreguismo de los cow boys del Pentágono. Impulsa la solidaridad y el altruismo contra el daño al prójimo y a sus bienes. Invita a construir tribunas y no a destapar letrinas. Convoca a recrear la vida, contra quienes proclaman que la nación se “hundirá en sangre y fuego”.

Además, para el Poder Constituyente es fundamental incidir en todo el circuito económico; de modo que la producción, la distribución y el consumo estén fuera del alcance de las mordeduras venenosas de los monopolios foráneos y pasen al control de los venezolanos. Solo así disfrutaremos de nuestras riquezas y no seremos víctimas de codiciosas serpientes. Pero el Poder Constituyente no se circunscribe al terreno exclusivamente político o económico. Asume que las necesidades del pueblo no se limitan a lo estrictamente material. Así lo previó Rosa Luxemburgo cuando afirmó que el problema “no es, precisamente, un problema de cuchillo y tenedor, sino un movimiento de cultura, una grande y poderosa concepción del mundo”. El Poder Constituyente se nutre, por tanto, de los poderes creadores del pueblo. En ese sentido se convierte en una inmensa Escuela de Formación Integral donde se desarrolla la pulsión de vida y el espíritu de creación. De este modo el pueblo – con más sensibilidad social y más conciencia de clase e identidad latinoamericana – se va fortaleciendo en esa apuesta a favor de la Humanidad y del Planeta, impulsado por una fe inquebrantable en la capacidad de construir del ser humano.

La lucha es dura. Nos enfrentamos a la muerte en sus más tenebrosas manifestaciones, al ejercicio de la indolencia que se complace en el sufrimiento, y a la desesperanza asentada en el temor. Las crías de las serpientes apenas han salido del huevo, se arrastran y se esconden; pero ya han mostrado sus colmillos e inoculado su veneno. Estamos a tiempo de evitar que se reproduzcan y hagan más daño. El único antídoto contra su veneno es el Poder Constituyente, el pueblo en lucha por sus derechos. ¡Triunfará la alegría y la vida!

Fuente Cuatro F

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