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¡Y el ganador es… Hillary Trump!

Alí Ramón Rojas Olaya

Estados Unidos, apéndice del imperio británico, cree que su destino de crecimiento indetenible es un mandato de Dios, razón por la cual siempre manda la misma persona en distintos cuerpos. Desde que George Washington asumiera la presidencia el 30 de abril de 1789, Estados Unidos ha sido gobernado por un avatar colocado por el gran capital, con la excepción de Abraham Lincoln, quien por abolir la esclavitud fue víctima en 1865 del primer magnicidio angloamericano. Washington, considerado el padre de la patria, hizo del matrimonio, la agrimensura y la guerra fuentes para su “sed insaciable de riqueza”. El segundo fue John Adams, padre de John Quincy Adams. El tercero fue Thomas Jefferson, quien en 1786 hilvanó la línea política a seguir: “Nuestra confederación debe ser considerada como el nido desde el cual toda América habrá de ser poblada. Mas cuidémonos de creer que nos interesa expulsar a los españoles. Por el momento aquellos países se encuentran en las mejores manos, y solo temo que éstas resulten demasiado débiles para mantenerlos sujetos hasta que nuestra población haya crecido lo suficiente para írselos arrebatando pedazo a pedazo”.

Durante el gobierno del presidente Simón Bolívar, James Monroe, John Quincy Adams y Andrew Jackson, quinto, sexto y séptimo presidentes, maquinaron desde la Casa Blanca una urdimbre para truncar el sueño mirandino de una gran nación que libertariamente concretaba el Libertador con la creación el 17 de diciembre de 1819 de la República de Colombia. Estas tres cabezas detonaron un arsenal diplomático para cercenar esta gesta de integración emancipadora. Es en este período que se decreta la Doctrina Monroe “Toda América para los Estadounidenses”.

Esta injerencia, traducida en el saqueo de los elementos de la tabla periódica que subyace en el mundo desdibujando la identidad de los pueblos a través de la contracultura que desarrollan en sus laboratorios neurocientíficos, fue descrita por John Quincy Adams en 1804: “lo único que esperamos es ser dueños del mundo”.

Theodore Roosevelt, vigésimo sexto presidente, aplicó la política del Gran Garrote con la que le promovió una enemistad fratricida entre colombianos para arrebatar Panamá a Colombia con el fin de terminar y tener amplio dominio económico del canal de Panamá.

William McKinley, vigésimo quinto presidente, con el apoyo de su Subsecretario de la Marina, Theodore Roosevelt, hizo estallar el buque Maine en La Habana, culpó a España, y creó una guerra contra este país que dejó como saldo apoderarse de Cuba, Puerto Rico, Guam y Filipinas. Sobre este país asiático McKinley dijo: “Dios me dijo que no podemos dejar a los filipinos en manos de ellos mismos, porque no están capacitados para el autogobierno, y que nada podemos hacer salvo hacernos cargo de ellos y educarlos y elevarlos y civilizarlos y cristianizarlos”. En 1901 el escritor estadounidense Mark Twain propone que “la nueva bandera de Estados Unidos debería ser con las rayas blancas pintadas de negro, y las estrellas sustituidas por un cráneo y dos huesos cruzados”.

Dwight D. Eisenhower, trigésimo cuarto presidente, fue el primer Comandante Supremo de la OTAN. Aprobó el derrocamiento del presidente de Guatemala Jacobo Arbenz y organizó la fracasada invasión a Playa Girón en Cuba.

Richard Nixon fue el trigésimo séptimo presidente. Tuvo en Henry Kissinger un apoyo fundamental para “hacer chillar la economía chilena”, apoyar las dictaduras de Brasil y Argentina, y favorecer el Comité de Actividades Antiamericanas.

Ronald Reagan fue el cuadragésimo presidente. Su carrera la inicia cuando finaliza la Segunda Guerra Europea. Era la imagen de la Cruzada por la Libertad, fachada del Comité Internacional de Refugiados cuyo objetivo era coordinar la salida de dirigentes nazis hacia Estados Unidos desde donde debían participar en la lucha contra el comunismo.

Hay personas ingenuas que piensan que los demócratas son “mejores” y “más buenos” que los republicanos. Harry Truman, trigésimo tercer presidente, por ejemplo, ordenó lanzar bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, exigió una profesión de fe anticomunista a todos los funcionarios federales y estableció la Agencia Central de Inteligencia para la promoción del terrorismo de Estado a escala mundial. John F. Kennedy, trigésimo quinto presidente, firmó la orden ejecutiva que impuso el bloqueo a Cuba el 7 de febrero de 1962. Bill Clinton, cuadragésimo segundo presidente, bombardeó y desintegró la antigua Yugoslavia, aplicó sanciones a Haití, intervino en Somalia y firmó la Ley Helms-Burton que legalizó el recrudecimiento de las acciones políticas y económicas contra Cuba.

El trigésimo segundo presidente, el demócrata Franklin Delano Roosevelt, disfrutó cuando su dictador hijo de puta Anastasio Somoza, como él lo llamaba, le mandó en una caja la cabeza del revolucionario nicaragüense Augusto César Sandino. El periódico Patria de San Salvador publicó el 4 de julio de 1931 una nota en la que se decía que la fiesta nacional de Estados Unidos significaba: “la garra brutal contra la garganta de los pueblos débiles de América. Mientras el imperialismo mantenga la corrupción y la opresión en el continente, ya sea apoyando tiranías criollas, como la de Machado en Cuba y la de Gómez en Venezuela, o directamente se empeñe en mantener rotas las arterias de un pueblo, como Nicaragua, el 4 de julio tendrá que ser un día de duelo, un día negro en el calendario de la vida histórica del mundo. Al detenernos a meditar sobre esta fecha, proponemos a la prensa continental hispánica la adopción del 4 de julio como el Día Antiimperialista; que en este día se haga un recordatorio en toda América hispana, un recuento de todos los atropellos cometidos por los Estados Unidos en nuestros países; hacerle ver al mundo, especialmente al pueblo de los Estados Unidos, tan engañado por su gobierno, que lo que para ellos es el Día de la Libertad, el 4 de julio, para nosotros es el día de la opresión”.

El cuadragésimo tercer presidente, George W. Bush, sin tener diente roto alguno se convierte en todo un Juan Peña. Fue gobernador de Texas entre 1994 y 1998. Pasa a la historia por el auto atentado a las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001 que sirvió de excusa para arremeter contra Afganistán e Irak. Sobre la agresión a este país dijo que Dios se lo ordenó y que su modelo fue la guerra de Filipinas de 1898. Bush aplicó todos los métodos posibles de la guerra sucia: cárceles clandestinas, secuestros, torturas, asesinatos, procesos extrajudiciales, crímenes de lesa humanidad y espionaje telefónico. En 1989 le dijo a un amigo “Ya sabes, podría presentarme para gobernador, pero en el fondo no soy más que una creación de los medios de comunicación: nunca he hecho nada”.

El cuadragésimo cuarto presidente era negro y nada cambió. El cuadragésimo quinto, antimexicano o mujer, será más de lo mismo. El mal lo llevan en sus venas británicas y para colmo cuentan con Dios, ya que, como dijo el escritor estadounidense Ambrose Bierce, “la guerra es el camino que Dios ha elegido para enseñarnos geografía”.

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