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Pero tenemos cambio…

Luis Salas/ Especial para Cuatro F/

Caracas, Venezuela.- Una vez establecida la nueva mayoría oposicionista en la Asamblea Nacional, el día después, Fedecámaras ha sido una de las primeras en plantearle exigencias. En lo concreto, le pide la derogación de la actual Ley del Trabajo y la de Precios Justos. También salió al ruedo la Cámara Inmobiliaria, exigiendo se deroguen las leyes de arrendamiento y de tierras urbanas. La velocidad de la misma recuerda a la de la Asociación Bancaria cuando El Carmonazo, siendo que, el único decreto que le dio tiempo a Carmona de firmar durante el golpe de Estado de 2002, fue el del retorno de los créditos indexados.

La exigencia de Fedecámaras, sin embargo, no es nueva. La viene haciendo recurrentemente y ha intentado por todas las vías que la saliente AN se la cumpliera. Nunca encontró realmente eco. Pero ese ya no será desde luego el cuadro.

Y es un tema clave este, pues más allá de la retórica del “cambio”, lo que se anuncia es un porvenir en el corto y mediano plazo donde muy difícilmente será la paz, la reconciliación, la estabilidad o el crecimiento económico, lo que nos aguarde.

En lo concreto los planes del oposicionismo son los siguientes: no dejar gobernar al presidente Nicolás Maduro y acabar con su mandato; dejar impune crímenes que se han cometido contra vida de venezolanas y venezolanos, así como contra la República, mediante una ley de “amnistía” y “reconciliación”; borrar todo vestigio de chavismo, incluyendo el cuerpo del presidente Chávez; desandar todo o andado en política económica para solucionar la “crisis” actual.

En efecto, la estrategia de marketing político del oposicionismo se basa en capitalizar el malestar que sus propias acciones bien violentas o bien de sabotaje económico generan. Y para esto posicionó en el imaginario colectivo la idea del “cambio” así como en su momento lo hizo con “La Salida”. Pero para esto ha sido necesario que la oferta sea solo “cambiar”, sin especificar mucho en “cambiar” cuál o tal cosa, pero sobre todo cómo hacerlo. Y no lo hacen porque esto último implica proponer acciones concretas y, por tanto, exponerlas y explicarlas, con lo cual corren el riesgo de que lo que tienen preparado no sea justamente lo que la gente reclama, sino, de hecho, justo lo contrario. Es como lo que pasa con el champú “anticaspa”, pero con consecuencias fatales. Si a la gente le dijeran que el champú “anticaspa” no es exactamente tal, es decir, que no elimina la caspa, sino que la administra en la medida en que se mantenga eternamente comprándolo, no se vería tan animada a hacerlo. De la misma manera, si dentro del oposicionismo existiese un electorado que exigiera (no digamos pensando en el futuro del país, sino incluso egoístamente en el de ellos mismos y sus familias) que más allá de las consignas con las que todo el mundo está de acuerdo, se le dijera cómo, para qué y cuáles son las ventajas y peligros de las propuestas de “cambio” que les vendieron y que ahora buscan imponerle al resto, la cosa hoy tal vez sería distinta.

Pero sea como sea lo cierto es que tarde o temprano el “cambio” se tiene igual que materializar. Y como toda cosa que se materializa, en contextos como estos, tiene efectos concretos. Y todo apunta a que dichos efectos nos colocarán ante un porvenir en el corto y mediano plazo donde muy difícilmente será la paz, la reconciliación, la estabilidad o el crecimiento económico lo que nos aguarde. Y donde los propios votantes del “cambio” saldrán en su gran mayoría tan terriblemente perjudicados como los que no.

De tal suerte, las exigencias de Fedecámaras apuntan a dos cosas: de un lado, dejar definitivamente en poder de los especuladores la facultad de imponer los precios. Y del otro, rebajar los costos laborales para que las ganancias de dichos especuladores sean aún mayores. Incluyendo entre las formas de rebajar los costos, eliminar la inamovilidad laboral para que las trabajadoras y trabajadores, ante la amenaza concreta del despido, se vean más “motivados” a trabajar por menores salarios y beneficios. Si a esto se le suma la eliminación de los subsidios (a la gasolina por ejemplo), la privatización de servicios públicos y el impacto inflacionario del ajuste cambiario tan ansiado por los especuladores para ver multiplicar sus ganancias en bolívares, tendremos el cuadro completo: serán las trabajadoras y trabajadores los que terminaran siendo sacrificados, los que a lo mejor –y solo a lo mejor- ya no tendrán que hacer más colas para comprar bienes de primera necesidad, pero no porque estos abunden en cantidad, sino porque sus precarizados salarios -en el caso de aquellos que sigan percibiéndolos- no les alcanzará para comprarlos.

Es de suponer que cuando eso pase, sin embargo, el departamento de marketing de la MUD inventará una nueva consigna para uso de los suyos más o menos así: “ya hay papel tualet y pollo pero no puedo comprarlo porque el sueldo no me alcanza o estoy desempleado. Ya no tenemos tampoco Patria… ¡Pero qué importa! ¡tenemos cambio!”.

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