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Murió un maestro: Umberto Eco

Por Francisco Ardiles

Nadie enseña a escribir, a escribir se aprende leyendo. Es lo que siempre decía Umberto Eco cada vez que le hacían esa pregunta en una entrevista. Él durante toda su vida creyó que los grandes escritores siempre han sido grandes lectores, ya que en la obra descansa el secreto de la escritura, y ese secreto hay que encontrarlo si se quiere aprender a escribir. Los mejores ensayos críticos de Proust están dedicados a la obra Flaubert.

Hoy en día nos sirven para entender lo que escribía y cómo están construidas sus novelas. Bryce Echenique también aprendió leyendo con pasión desmedida a Sthendal, y Borges a Poe y a los maestros de la novela de aventura. Umberto Eco fue uno de esos grandes lectores, por eso se convirtió en el novelista que hoy recordamos con tanto cariño y admiración, gracias a la lectura.

Eco nació y creció en Alessandria, en el Piamonte, pero no en la Alessandria egipcia sino la italiana, en 1932.  Su padre fue el director de una empresa que vendía hierro, que combatió en las dos guerras mundiales del siglo XX, y que como no tenía suficiente dinero para comprarse libros iba a los quioscos a leer los fascículos de las novelas por entregas. Su abuelo era un tipógrafo muy humilde que cuando murió dejó muchísimos manuscritos por editar en una caja, a los que nadie hizo caso salvo el niño Umberto que los rescató y posteriormente devoró entre los 8 y 10 años. En ese momento vio crecer su pasión por la lectura, una adicción incurable que lo acompañaría hasta el día de su muerte. Su abuela materna no fue una mujer educada formalmente pero representó, en sus primeros años, otra de sus más importantes influencias. Fue una de esas mujeres increíbles que iba a las bibliotecas a buscar novelas para leer en casa, para distraerse y sentirse viva. Repitiendo su excéntrica costumbre cotidiana, Eco conoció a Balzac y a Stendhal desde la emoción de un adolescente que se dejaba llevar por la inercia de la gran novela francesa a los 12 años. Después, cuando pudo comprarse su casa, enseguida la convirtió en el paraíso de sus sueños, un maravilloso estudio tapizado de libros. Vivió casi toda su vida de adulto en un depósito de memorias milenaria, conformado por cientos de estantes y escaleras blancas con miles y miles de libros, aproximadamente 30 mil.

Cuando Umberto Eco se inscribió en la Facultad de Filosofía, lo hizo con la idea de primero, buscar trabajo en una editorial y después, hacerse profesor. Al licenciarse como filósofo, en estética medieval en la Universidad de Turín, ingresó en el mundo editorial, y al terminar su doctorado pasó a dar clases y nunca paró. A partir de ese momento empezó a publicar. Lo primero fue su Tesis Doctoral, titulada El problema estético en Tomás de Aquino en 1956. Luego vinieron los ensayos y las novelas míticas que casi todos los que hoy lamentamos su partida hemos leído: Apocalípticos e integrados (1964) el Tratado de semiótica general (1975), y por supuesto, El nombre de la rosa en 1980.  A estas obras le siguieron otros textos de ficción que confirmaron su trascendencia como novelista: El péndulo de Foucault (1988), La isla del día antes (1994), Baudolino (2000), La misteriosa llama de la Reina Loana (2004) y El cementerio de Praga (2010). En estos libros Eco nos demostró que mediante la literatura todavía es posible tratar los problemas más afines a la condición humana, porque los discursos poéticos o narrativos, al igual que los mitos, son la fuente primigenia para explorar artísticamente las cuestiones interminables de la existencia.

En Bolonia está la Universidad en la que ya no enseñará más. En su casa, desde hace unos días reina el silencio. Sobre su escritorio, supongo, aún reposan libros, sobres, papeles, los cigarrillos que dejó de encender hace 20 años, alguna tarjeta de presentación con el nombre impreso de un tal Umberto Giuseppe Eco y una lámpara que debe estar preguntándose por él. Los discos de  Bach y de Telemann que tanto le encantaban seguirán en su sitio, pero su legado ya empezó a crecer, y seguirá creciendo más y más hasta perderse de vista. Este hombre que entendió la escritura como una bella experiencia de construcción imaginaria, no solo nos enseñó a leer novelas sino a reconocer la riqueza incalculable del universo infinito de los signos. Estoy seguro de que así como los espectadores de los Museos del mundo no se cansan de mirar las obras maestras de los grandes pintores de la historia, nosotros seguiremos leyendo su obra con agradecimiento, para continuar aprendiendo cómo se construye el sentido de un texto.

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