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La revolución bolivariana tras un nuevo bloque histórico para detener a derecha envalentonada (I parte)

Por Carlos Machado Villanueva

Convocar hoy  en Venezuela a un bautizado “Congreso de la Patria”, quizás responda a la premisa de que toda revolución, incluida la bolivariana, es original, única, y va superando etapas, como la que se abrió a raíz de la derrota electoral de las fuerzas de izquierda el pasado 6 de diciembre, cuando la derecha pasó a controlar el poder legislativo y con ello a ejercer el consiguiente obstrucionismo desestabilizador contra el gobierno del presidente Nicolás Maduro.

Esta nueva etapa , y es lo que al parecer se persigue con esta convocatoria, obliga a restablecer la sintonía con esos sectores sociales que ciertamente  tributaron electoralmente a la cadena de victorias políticas bolivarianas y su hegemonía en este frente de lucha, 19 en total en 17 años, en los cuales fueron resueltas muchas necesidades sociales, pero al parecer aparecieron otras  necesarias de atender, según el marxismo.

Y ello porque estos sectores hoy resienten no sólo los efectos de una brutal guerra económica (escasez e inflación inducidas)  oligárquica-imperialista librada contra el gobierno de Maduro, sino también resienten todas las desviaciones sufridas por el proceso bolivariano, como la corrupción, la ineficiencia, y el burocratismo, no menos perversas, más aún cuando la derecha las sobredimensiona mediáticamente para su provecho político, como al aprecer,  por los resultados, sabe hacerlo muy bien.

El efecto “mecha”

Vista en retrospectiva, la revolución venezolana inició hace  27 años con el levantamiento popular conocido como el “Caracazo” (27 y 28 febrero de 1989), cuando el presidente derechista Carlos Andrés Pérez (CAP) aplicó medidas de shock económico fondomonetaristas, conocidas como “el paquete”,  lo que ocasionó que la inflación diera un salto de más de 80 por ciento, y que el pueblo se lanzara a las calles en protesta.

El efecto “mecha” no tardo en manifestarse y un lunes 27 de febrero la población trabajadora de Guarenas, a media hora de Caracas, enardecida por el incremento del pasaje de trasporte público privado que debía tomar para ir su trabajo, dio la señal  e inmediatamente autobuses y automóviles comenzaron a ser incendiados  por las turbas enardecidas en plena vía pública y  los locales comercioles a ser saqueados.

Se trató, pues, de una respuesta desesprada pero sin claridad política de un pueblo indignado, el mismo que por semanas y ante los antipopulares anuncios ya venía siendo víctimas del acaparamiento de los productos de primera necesidad por parte de comerciantes inescrupulosos, dedicados a remarcar  nuevos precios ante aquel salto inflacionario.

Pocas dudas  persisten  acerca de que hubo dos fenómenos claves para que esta revuelta popular se extendiese, como lo hizo, por las principales ciudades del país.

Uno de éstos sería el estado de ánimo generalizado persistente, de unas masas irredentas ante el desmadre prevaleciente, aunque, ciertamente, huérfana de vanguardia política revolucionaria en ese momento histórico.

Hablamos de corrupción, políticas económicas antipopulares y represión, sobre todo contra un activísimo por esos años movimiento estudiantil al que le tocaría enfrentar, incluso has derramar su sangre,  las primeras medias neoliberales tomadas por el predecesor de CAP, el también derechista Jaime Lusinchi.

Particularmente, éstas se expresarían en la privatización de la educación y de la salud pública, medidas en las que por cierto  el presidente bolivariano Nicolás Maduro ha insistido, no incurrirá jamás, pese a la guerra económica y el derrumbe inducido de los precios del petróleo por parte de EE. UU.,  por él denunciada y que afecta los ingresos públicos necesarios para el sostenimiento de las llamadas misiones sociales.

El otro fenómeno, en lo comunicacional-mediático, que incidió en que aquellos hechos asumiesen carácter de revuelta, tuvo que ver con la amplia difusión de imágenes televisivas por parte de las televisoras privadas, lo que provocaría un aprendizaje vicario en la población, entendido como la propensión en el receptor del mensaje a sumarse a los saqueos en un primer momento ante la ausencia de autoridad.

Paradójicamente, ello fue posible en el marco de un plan  premeditado para terminar de dar al traste contra una partidocracia (AD-Copei) que ya no servía convenientemente a los intereses de una oligarquía obnubilada por el pensamiento único neoliberal.

Y, sobre todo, no servía a su sueño de ponerle las manos encima de una buena vez a gananciosas empresas públicas. Dicho plan siempre tuvo al frente, de manera sobresaliente, al empresario comunicacional Marcel Granier y su Grupo Roraima. Se trataba, pues, de garantizarles a estas mismas élites del poder económico la, sostenida por años, transferencia de capital desde las arcas del Estado hacia  las suyas a través de no pocos turbios negociados.

El control “total”, o la derrota,  de esta histórica revuelta, la primera contra el FMI a nivel internacional,  se saldaría con un trágico saldo de víctimas, ocasionadas por un desproporcionado accionar de las fuerzas del orden público.

Incluidas las  fuerzas armadas, cuya imagen de ejército de ocupación –adquirida en la Escuela de las Américas– al servicio del stablishment oligárquico-imperialista, quedaría confirmada ante la mirada de no pocos ciudadanas y ciudadanos venezolanos en aquellos trágicos días de finales de febrero de 1989.

Actuarían de este modo, por cierto,  cobijadas por una suspensión de garantías constitucionales anunciada por el hoy presidente derechista de la Asamblea Nacional, Henry ramos Allup.

Se cumplía así al parecer la primera etapa de la revolución venezolana, que culminó con una derrota popular, sin que, aparentemente, ningún sector político pudiese capitalizar aquel “sorpresivo” auge de masas.

Mucho menos pudo hacerlo una izquierda comprometida con un  proyecto revolucionario de cambio socialista,  al quedar  éstos ante la mirada de muchos  como un rotundo fracaso, luego del colapso de la Unión Soviética, a lo cual la maquinaria de guerra mediática capitalista le sacó el máximo provecho para imponer su pensamiento único neoliberal.

Chávez lo dijo

La segunda etapa, también de derrota,  de la revolución venezolana -así a secas hasta entonces-, sobrevino el 4 de febrero de 1992 con la insurgencia de los jóvenes militares nacionalistas y bolivarianos comandados por el entonces Teniente Coronel Hugo Chávez Frías. Comenzaría  desde ese día a hablarse de una revolución bolivariana en Venezuela.

A partir de este evento -y como bien lo avizoró de manera oportuna este líder militar -, lo que ocurre en este país desde hace algo más de una década y media, y que describe una línea quebrada, ascendente en unos momentos y descendente en otros, es un proceso de síntesis histórica y táctica.

No otra cosa parece haber sido el contundente triunfo electoral de Chávez en diciembre 1998, no fue sino expresión de ese fenómeno sociopolítico, acompañado además por auge de masas y por  la conformación de lo que el dirigente comunista italiano Antonio Gramsci definió como bloque histórico.

Hablamos, en este caso, de un espacio político conformado por diferentes clases y capas sociales (trabajadores, campesinos, pequeños y medianos industriales y capas medias), cuyos intereses, y hasta su propia existencia como tales, eran amenazados por el avance del capitalismo neoliberal.

Sobre todo el avance de su carácter concentrador y antidemocrático de la riqueza, a la vez que empobrecedor de grandes masas donde quiera que éste se entroniza, como sucedió ayer en la Argentina de Carlos Menen y sucede hoy en la Argentina  del “Cambio” de Mauricio Macri.

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