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La frontera: algo más que un punto y una raya

Por Luisana Colomine

Ya desde 1968, el Acuerdo de Cartagena, suscrito en mayo de 1968, contempla en su Artículo 131 que los Países Miembros emprenderán acciones en el campo de la comunicación social orientadas a difundir un mayor conocimiento del patrimonio cultural, histórico y geográfico de la subregión, de su realidad económica y social y del proceso andino de integración.

Una visión hegemónica de la comunicación ha impedido que los medios asuman de manera decidida ese artículo o, más bien, este mandato, y prácticamente hoy en día es letra muerta, pues nos ha hecho adoptar como cierta la imagen de que las zonas fronterizas, estratégicas en el proceso de integración, son peligrosas, inhumanas, enfermas de delitos, fuente de todos los males, y por ello hay que mantenerlas lejos de la “vida normal” que se desarrolla en el centro de los países.

Algo que también se corresponde con las teorías del centro y de la periferia de finales de los 60 y 70 en el siglo pasado, conceptos desarrollados por la Comisión Económica para América Latina, Cepal. Las llamadas economías “subdesarrolladas” donde los procesos de acumulación privilegian los espacios centrales pero se deforman en la periferia. Los medios de comunicación, garantes de la estructura y el pensamiento dominante asumieron esta postura: descuidaron desde el punto informativo las fronteras y privilegiaron los espacios centrales. No contentos con eso clasificaron esas zonas como “las más calientes” y “las más peligrosas”. La colombo-venezolana se ubica entre “las más calientes”. La brasileña-venezolana entre “las más peligrosas”.

En la frontera “no pasa nada”

“En la frontera no pasa nada hasta que pasa”, dicen por ejemplo los periodistas que deben hacer su cobertura diaria en fronteras como la de México, en zonas donde se enseñorean las mafias organizadas, el narcotráfico y la trata de personas. Zonas donde la violación de los derechos humanos está a la orden del día pero frente a la cual el mundo se hace de la vista gorda. Se ignora, por ejemplo, cómo cada día mueren en el tren llamado “La Bestia” decenas de migrantes que van en pos del “sueño americano”.

Datos de esta triste travesía, que tomamos de zonaj.net son: “un tren puede transportar entre 1.000 y 1.500 inmigrantes; el recorrido puede durar unas tres semanas; se le conoce también como “El devoramigrantes” y “El tren de la muerte”; “Los Zetas” y los “Maras” secuestran a muchos y extorsionan a sus familias. Según el Instituto Nacional de Migración Mexicano (INM) cada año son repatriados aproximadamente 250.000 centroamericanos y suman 1.300 entre los muertos y mutilados. En solo 5 meses casi 10.000 emigrantes centroamericanos que iban hacia EE.UU fueron secuestrados”.

No es casual entonces que todos los problemas se congreguen en nuestras fronteras y que de pronto nos estallen en el rostro de manera trágica y violenta. Al no visibilizarlos en los trabajos periodísticos, esos problemas no se conocen en los espacios centrales de cada país. Los medios ni siquiera tienen entre sus fuentes a las zonas fronterizas como algo obligado en la investigación periodística y entonces esas situaciones llegan de manera fragmentada y descontextualizada, amarillista o sensacionalista, solo se muestra la consecuencia, pero no las causas; solo se conoce el qué pero no el por qué ni el para qué.

El efecto mediático

En el caso de nuestra frontera con Colombia, la situación informativa no es diferente y por eso debemos revisar de manera urgente el tratamiento periodístico y comunicacional de las ciudades fronterizas, pues las vemos como algo lejano que nada tiene que ver con nuestras vidas. En esa franja de más de 2 mil kilómetros, la medida de cierre que tomó el presidente venezolano Nicolás Maduro, no fue diferente a lo que han hecho muchos otros países como una acción soberana.

En el estado Táchira, mediáticamente el mayor interés se lo llevó “La Invasión”, ubicado en la finca La Guadalupe, aunque según los expertos consultados el nombre técnico de eso es “ocupación”. Además, en Táchira hay muchas “invasiones”, incluso en el propio San Cristóbal existe una bastante grande llamada Machirí, donde la población mayoritariamente es colombiana.

Al sitio donde ocurrió el marcaje de casas, las demoliciones y todo lo que explotaron al máximo los medios colombianos, se le conoce como “la invasión de la invasión”, es decir, un pedazo de tierra (la más próxima al río Táchira) que fue ocupada por gente de ambos países desde hace unos ocho años y donde operaban cinco consejos comunales con su Código Situr (Sistema Integral de Taquillas Únicas de Registro) y personalidad jurídica, es decir RIF, para optar a financiamiento de proyectos ante los entes correspondientes. También se habían organizado varias Unidades de Batalla Bolívar-Chávez (UBCh). O sea, una invasión reconocida, aceptada, tolerada por el Estado regional. ¿Por qué impactó tanto mediáticamente si existía desde hacía tiempo?

Los habitantes de ese sector eran colombianos o venezolanos. ¿Qué importa? Muchos tenían doble nacionalidad, en algunos casos, o la calificación de desplazados externos y refugiados otorgada por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados y Desplazados, Acnur. En entrevista con varios defensores públicos se nos aseguró que ningún desplazado o refugiado había sido deportado, y que tampoco se habían recibido denuncias sobre violación de derechos humanos. “Todo se hizo con presencia de la Defensa Pública, Defensoría del Pueblo; fiscales del Ministerio Público y gente de las comunas y consejos comunales”. “Fue una acción casi quirúrgica y además fueron cambiados todos los efectivos de la GNB y FANB. Aquí llegó tropa nueva, los que estaban no participaron de ese operativo”, reveló el funcionario.

En esas zonas periféricas, fronterizas, se habla de una población “flotante”, de gente que vive acá pero trabaja o estudia del otro lado y viceversa. En el caso de Táchira, Apure o Amazonas, no es raro ver parejas de colombiano y venezolana que pronto echan raíces y procrean hijos. Usted le pregunta a cualquiera en ese paso fronterizo de San Antonio “Oye, ¿de dónde eres?” y la respuesta es: “de los dos”. Lo más natural es que las colombianas vengan a parir a San Antonio y, en general, buscan atención médica gratuita que consiguen en el CDI. Una médica de ese centro nos confió que de cada diez pacientes al menos seis son colombianos. “Se les atiende, se les regala su tratamiento y luego vienen a sus chequeos cuando la enfermedad lo amerita. Pero después del cierre, eso bajó muchísimo”.

Es claro que la frontera debe pasar a ser un punto destacado en la labor periodística. Es clave esto para poder cumplir que ese mandato del Acuerdo de Cartagena y en general para hacer justicia a los hombres y mujeres que habitan en esas zonas. Pero tal vez la definición más cercana de una frontera nos la dio el poeta Aníbal Nazoa, que aquí les dejamos, como punto final de este trabajo.

Punto y Raya

Entre tu pueblo y el mío,
hay un punto y una raya,
la raya dice «no hay paso»,
el punto, «vía cerrada».
Y así, entre todos los pueblos,
raya y punto, punto y raya,
con tantas rayas y puntos,
el mapa es un telegrama.
Caminando por el mundo,
se ven ríos y montañas,
se ven selvas y desiertos,
pero ni puntos ni rayas.
Porque estas cosas no existen,
sino que fueron forzadas,
para que mi hambre y la tuya
estén siempre separadas.

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