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¿Human Rights Watch saboteó el Acuerdo de Paz de Colombia?

Caracas, 04 oct.-  (por Greg Grandin).- Al igual que la extrema derecha colombiana, HRW estaba más interesada en poner en la cárcel a supuestos violadores de los derechos humanos que en poner fin a la guerra.

El domingo, los votantes colombianos rechazaron el acuerdo de paz que el gobierno del presidente Juan Manuel Santos trabajó con las FARC, por el más pequeño margen posible: 50.21 por ciento a 49.78, una diferencia de 53 mil 894 votos. La participación fue del 37 por ciento, de 34 millones de votantes.

Es un desastre desgarrador para el largo y complejo proceso de paz que tenía por objeto poner fin a más de cinco décadas de guerra civil en Colombia. Esa guerra se ha cobrado cientos y cientos de miles de vidas y ha desplazado a millones y millones de personas. El acuerdo de paz, que fue elaborado durante años de negociaciones, sobre todo en La Habana, era más aspiracional que vinculante, creando la esperanza de que uno de los conflictos más prolongados del mundo había llegado a su fin. Ahora, ese acuerdo se encuentra en “jirones”. Pero hay que tener en cuenta que el “no” ganó con una astilla de la mayoría de los votos (menos del 1 por ciento) de una minoría (de los votantes), con una muy baja participación debido, en muchos lugares , a la lluvia tropical extrema, sobre todo en los departamentos costeros donde el “sí” ganó con facilidad.

Esa suerte de mal tiempo casi que invoca la misma conclusión apocalíptica de la novela más famosa de Colombia, de Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, donde un huracán sin fin lo borra todo. Pero puede ser que la la paz no se haya borrado. Lisa Haugaard, del Grupo de Trabajo de América Latina, me dijo: “El gobierno de Colombia, que participó plenamente en la búsqueda de una solución negociada, no divulgó, socializó y explicó los acuerdos en la medida en que era necesario. El “no” hizo campaña efectiva, organizada en torno a un mensaje negativo. Afortunadamente, después de que fue claro que el “no” ganó por un estrecho margen, tanto el presidente Santos como el líder de las FARC, Rodrigo Londoño se comprometieron a mantener el alto el fuego y reiteraron que siguen comprometidos con la paz “.

De acuerdo con The New York Times, el gobierno y las FARC ya han anunciado que podrían enviar diplomáticos a La Habana para comenzar a discutir la forma de salvar la paz. Las FARC respondió a la votación con el anuncio de que seguían comprometidos con la paz; de hecho, la ONU ya ha comenzado el desarme de la guerrilla. Santos afirmó que el alto el fuego se mantiene, y el historiador Robert Karl, que acaba de escribir el estupendo “siglos de historia trás el acuerdo de paz en Colombia con las FARC”, en The Washington Post, me dice que Santos, como presidente, tiene “un buena cantidad de poder discrecional” entre los militares, así que esperemos que Santos puede contener a las fuerzas de seguridad. No esta claro qué va a hacer Washington, que ha gastado miles de millones de dólares en esta guerra. Desde el lunes en la mañana, el Departamento de Estado no ha hecho ningún comentario.

El “No” ganó porque la derecha, encabezada por el ex presidente Álvaro Uribe, fue capaz de convertir una votación que se suponíaera era sobre la paz, en una votación sobre las FARC. La distribución geográfica de la consulta indica que el “no” ganó en las zonas donde Uribe y su partido político tienen apoyo. Se evidencia en el departamento de Antioquia, donde Uribe inició su carrera política como campeón de los escuadrones de la muerte paramilitares. Sesenta y dos por ciento de los votantes de Antioquia apoyó el “no”. En la capital del departamento, Medellín, una ciudad que se ha vendido en los Estados Unidos como un histórico éxito neoliberal -¡Moderno! ¡Urbano! ¡Divertido! Venga a visitarlo!- 63 Por ciento de los votantes escogió el “no”.

Uribe fue presidente de 2002 a 2010. Es una suerte de Andrew Jackson colombiano, que matuvo la presidencia de su país montada sobre las alas del asesinato en masa, del resentimiento rural, y de la especulación financiera. Como ex presidente, ha sido tóxico, haciendo todo lo posible para mantener la guerra.

La élite de Colombia, en especial el sector retrógrado que Uribe representa, tiene mucho que perder con la paz: El fin de la lucha crearía un espacio en el que muchos conflictos sociales del país, que tienen que ver con la tierra, el trabajo y la extracción de recursos, podrían expresarse en sus propios términos, en lugar de a través de la distorsionada política de contrainsurgencia. La paz sería costosa para algunos sectores, especialmente para los colombianos involucrados en el negocio de la “seguridad”, que durante años se han alimentado la cartera del Plan Colombia.

Las encuestas demostraron que la mayoría de los colombianos están a favor de la paz. Pero Uribe y sus aliados en los medios de comunicación y en el Congreso mintieron, ofuscaron, y asustaron. Se las arreglaron para convencer a una pequeña minoría (el margen de victoria de 54 mil votos por el “no” es aproximadamente una cuarta parte del número de civiles muertos o desaparecidos por el Estado desde el inicio de la guerra civil) que el acuerdo era otorgaba una vía libre a las FARC y que Santos “entregaba el país al terrorismo.” The Times identifica a Uribe y a la “extrema derecha”, como el “gran ganador.” El ex presidente “había argumentado que el acuerdo era demasiado indulgente con los rebeldes, de quienes dijo que deben ser procesados como asesinos y traficantes de droga. ‘La Paz es ilusionante, los textos de La Habana decepcionantes’, escribió Uribe en Twitter el domingo después de emitir su voto por el ‘no ‘.” De este modo el propio Uribe se ha metido a sí mísmo a la negociación, pues citado por Times, Santos dijo que “llegaría a todos los líderes de la oposición en el Congreso de Colombia, como el ex presidente Álvaro Uribe”. Times agregó que “los expertos predijeron un proceso potencialmente torturado en el que el señor Uribe y otros buscarían castigos más severos para los miembros de las FARC, en especial aquellos que habían participado en el tráfico de drogas “.

La campaña para mantener la guerra en Colombia tuvo un aliado poco probable: Human Rights Watch. José Miguel Vivanco, director de la división Americas Watch de HRW, surgió como un protagonista inesperado en la política colombiana, cuando emergió con fuerza en contra de las disposiciones de “justicia” del acuerdo de paz. Vivanco estuvo de acuerdo con Uribe, ofreciendo las peores lecturas posibles del acuerdo, diciendo que los responsables de violaciones de los derechos humanos -en las FARC y entre los militares- recibirían inmunidad. Vivanco estuvo en toda la prensa colombiana promoviendo la oposición a los acuerdos. Una vez que quedó claro que estaba haciendo campaña junto a Uribe, efectuó una pantomima de disputa pública con el anterior para-presidente, aunque sin dejar de apoyar básicamente la posición de Uribe.

Vivanco ha tratado de eludir su posición presentando una falsa “imparcialidad”, quejándose de que el acuerdo deja sin responsabilidad a las FARC y al ejército. Pero el siempre perspicaz y por lo general templado Adam Isacson, de la Oficina de Washington para América Latina, describe así la campaña de Vivanco en nombre de Uribe: “no todo el mundo en Colombia tiene una lectura detallada del análisis de diez páginas de Human Rights Watch. Lo que escuchan son las grandes citas como ‘piñata de impunidad’ … o ‘jaque mate contra la justicia’ y terminan por creer que Human Rights Watch se opone a todo el proceso. Es una cuestión más de tono, de apoyos y de llamados a la creatividad en un momento muy clave “.” Los golpes de este tipo ” -es decir, el análisis extremadamente grave de Vivanco de un acuerdo-político necesariamente vago- “pueden causar un daño real.” Y lo causó.

Que Human Rights Watch jugó el papel de tonto útil de la extrema derecha de Colombia lo confirmó su director ejecutivo, Kenneth Roth, quien el domingo por la noche se regodeó del resultado de la votación en Twitter: “Parece que los colombianos no están tan ansiosos por una ‘paz’ basada en la impunidad efectiva de las FARC y de los crímenes de guerra militares.”

¿Ahora qué, Ken? ¿Qué vas escribir en twitter para esas víctimas de las FARC que se unieron para instar a un voto por el “sí”? Según el semanario Semana de Colombia, las regiones que sufrieron el mayor número de muertes a manos de las FARC fueron las que dieron más apoyo a las conversaciones de paz. Una “paradoja”, dijo Semana. Ya era suficiente, dijeron las víctimas y sus familias. Ellos son dolorosamente conscientes de las consecuencias -como aparentemente no lo son Roth y Vivanco, con sus tuits irresponsables contra el proceso de paz-. Y demuestran ser más capaces de entender algo que los líderes de Human Rights Watch no pueden: que no se termina una guerra de medio siglo, con su historia política casi incomprensible y sus alianzas siempre cambiantes, mediante la aplicación de absolutos legales. Que es más probable terminarla con un acuerdo político.

Versión original en inglés publicada por The Nation

* Greg Grandin es profesor de Historia en la Universidad de Nueva York y miembro del consejo editorial de The Nation, es el autor de varios libros premiados, entre ellos El imperio de la necesidad, que ganó el Premio de Bancroft; Fordlandia, que fue finalista del Premio Pulitzer, el National Book Award y el premio National Book Critics Circle; Empire’s Workshop; The Last Colonial Massacre; The Blood of Guatemala; y más recientemente, Kissinger’s Shadow: The Long Reach of America’s Most Controversial Statesman.

Tomado de: AVN/FF/CM

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