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¡Honor y gloria a la Urss! / El Gran Octubre | Freddy J. Melo

La gran Revolución Socialista de octubre de 1917 en Rusia, uno de los más formidables acontecimientos de la historia, amasado en esperanza, coraje, ira, generosidad, fuerza de pueblo y puesta masiva de la vida en la determinación de transformar las relaciones entre los seres humanos, instaura, a cuarenta y seis años de la Comuna de París, treinta y cuatro de la muerte de Marx y veintidós de la de Engels, una experiencia de construcción de socialismo que cubriría la centuria.

En el país más extenso del planeta (habitado por muchedumbres que ya no podían soportar la opresión multisecular sintetizada hasta hacía poco en el “soberano” padrecito zar, ni la doble explotación de su trabajo en las tierras y las fábricas, ni la carnicería en que los poderes imperialistas habían convertido Europa buscando un nuevo reparto colonial) se fundieron en un solo nudo la revolución proletaria contra la burguesía, la revolución campesina contra los terratenientes, la revuelta de los soldados contra la guerra –primera caracterizada como “mundial”, 1GM– y la decisión mayoritaria de crear un nuevo tipo de poder. Diez días que estremecieron al mundo (como testimonió el gran periodista norteamericano John Reed, reportero de dos revoluciones, la primera México Insurgente), iniciaron una conmoción que signó con fuego el siglo XX y partió en dos la geografía, el acontecer histórico y la concepción de la sociedad y de la vida.

En febrero de 1917 fue derrocado el zar y se abrió cauce a la revolución liberal burguesa contra un orden en el que el feudalismo primaba sobre el capitalismo. Pero el gobierno provisional, encabezado primero por el derechista Gueorgui Lvov y a partir de julio por el “centroizquierdista” Alexander Kerensky, desatendió los problemas de la tierra y el trabajo y prosiguió la guerra imperialista. Y a partir de abril, cuando el exiliado Vladimir Uliánov, con nombre de batalla Lenin, retornó a ponerse al frente de su pequeño partido obrero, se desencadenó una lucha de ideas y combates sociales que fue trasvasando el apoyo de las mayorías, de las organizaciones pequeñoburguesas y burguesas a la dirigida por el líder “bolchevique” (mayoritario, en ruso, por oposición a “menchevique”, minoritario, denominaciones surgidas al triunfar en el segundo Congreso del Partido, en 1903, el sector adepto a Lenin). Este demostró ser un jefe político genial, maestro de la estrategia y de la táctica, del desarrollo teórico cimentado en el socialismo científico de Marx y Engels y del “análisis concreto de la situación concreta”.

La lucha estuvo centrada alrededor del papel jugado por los soviets (consejos) de obreros, soldados y campesinos, formas organizativas de combate nacidas en la primera revolución rusa del siglo XX (1905-1907, frustrada y conocida como “el ensayo general”). Resurgieron en el señalado febrero, jugaron un papel estelar en el derrocamiento del zarismo y dieron reconocimiento temprano al gobierno provisional nombrado por la Duma (parlamento zarista). Como dicho gobierno respondía a las direcciones partidistas orientadas a la instauración de un Estado burgués que aplacara y subordinara la sed de justicia de las mayorías populares, se estableció una dualidad de poderes cuya pugna llevaría a los soviets, unidos en un congreso panruso o de toda Rusia y crecientemente liderados por el partido bolchevique, a la separación, ruptura y confrontación con el gobierno. A partir de la indicada llegada de Lenin se dio por terminado el apoyo a la fase burguesa de la revolución y se lanzó la consigna de “¡Todo el poder a los soviets!”.

Siete meses después, el 25 de octubre por el viejo calendario juliano que hasta esos días rigió en Rusia, 7 de noviembre por el nuevo, denominado gregoriano, de vigencia universal, la insurrección encabezada por los soviets derribó al gobierno y Lenin anunció desde el Palacio de Invierno, en Petrogrado (antes y ahora San Petersburgo): “ha comenzado la construcción de la sociedad socialista”. Se buscaría alcanzar el inmenso objetivo histórico en un país que contaba a la sazón con cien millones de analfabetos y una débil base material, aunque sus líderes esperaban estallidos revolucionarios en los países europeos de capitalismo maduro (al no cristalizar tales expectativas, se implantaría la tesis de “socialismo en un solo país”).

Los dos primeros decretos del nuevo gobierno –“Consejo de Comisarios del Pueblo”– fueron, el de la paz, para traer de vuelta a los soldados, y el de la tierra, para reivindicar a los trabajadores del campo, y progresivamente, a tenor de la encendida lucha de clases en desarrollo, se produjo la supresión de la propiedad privada sobre los medios de producción y su transformación en propiedad social estatalmente dirigida. En enero de 1918 el III Congreso Panruso de los Soviets estableció un inicial acto de institucionalización y expresión de justicia social mediante la “Declaración de derechos del pueblo trabajador y explotado”.

El país logró salir de la 1GM sólo para verse envuelto en la vorágine de la guerra civil, desatada por las fuerzas leales al orden derrocado (lideradas, entre otros, por los militares Kornilov, Alexeiev, Denikin, Kaledin, Kolchak, Yudenich y Wrangel, organizadores y jefes del ejército y el terror “blancos”) y apoyada por las potencias occidentales. Catorce ejércitos burgueses buscaron ayudar a “matar la criatura en la cuna” (Churchill) y no lo consiguieron. Hacia fines de 1920 el Ejército Rojo, creado en febrero de 1918 y acerado al calor de las masas revolucionarias y en el fragor de la lucha, obtuvo la victoria.

Tampoco pudo abatir al proceso la hambruna, debida a la acción combinada de todos los recursos contrarrevolucionarios: el levantamiento armado, más el sabotaje organizado por la burguesía, los aristócratas expropiados, los campesinos ricos (kulaks) y buena parte del funcionariado. La situación resultante impuso a la dirección su primera política económica, el “comunismo de guerra”, con la cual se estableció la requisición forzosa de la producción agropecuaria e industrial del país y se eliminó de facto el mercado interno y la utilización de la moneda, a fin de sostener el enorme y heroico esfuerzo bélico y prestar atención de sobrevivencia a la población.

El impacto del Gran Octubre se tradujo en una ola revolucionaria de alcance mundial, que generó importantes movimientos de masas –especialmente los producidos en Inglaterra, Francia e Italia– e insurreccionales, como las fallidas revoluciones alemana y húngara ocurridas en 1918 y 1919, así como agitación creciente en el mundo colonial y semicolonial, cuyos focos de conciencia nacional y social empezaron a florecer. De retruque, la asustada burguesía imperialista dio apoyo unánime al surgimiento del fascismo como expresión política y forma de dictadura de clase que apela al terrorismo contra el proletariado y los pueblos en lucha. En el movimiento obrero, además, se estableció el deslinde definitivo entre el ala socialdemócrata, reformista y partidaria de la “defensa de la patria” en la guerra interimperialista que se avecinaba, y la comunista, consecuentemente revolucionaria y defensora de la paz.

Las circunstancias descritas llevaron a que ocurriese en algunos puntos medulares lo contrario de lo previsto por Marx a partir del análisis de la Comuna de París. Por ejemplo:

El cerco capitalista obligó a la creación de una fuerza armada permanente, especial, el ya indicado Ejército Rojo.

Acaecida la derrota militar del enemigo, ante la tarea estratégica de reconstruir aceleradamente la base productiva fue necesario, y se decidió a partir de marzo de 1921, dejar atrás el “comunismo de guerra” e implementar la “nueva política económica” (NEP, por sus siglas en ruso), con la cual, por un lado, se reconoció al campesinado el derecho a disponer de una parte de su producción para la venta privada, y por otro, se procedió a negociar acuerdos con transnacionales en busca de inversión en sectores de gran potencial económico, como petróleo, gas o siderurgia, en los cuales el Estado revolucionario se veía imposibilitado de incursionar por carencia de recursos financieros y tecnológicos. Significaba el restablecimiento del mercado y del intercambio monetario.

De manera adicional, el Gobierno se vio obligado a pagar altos emolumentos a técnicos y expertos que solo tenía la burguesía, asumiendo así una parte de la vieja burocracia.

A pesar de que en los inicios y bajo la dirección de Lenin el poder soviético fue democracia máxima relativa, con el pueblo en la calle y discusión ilimitada, con un gobierno de obreros y campesinos que por vez primera creaban y sostenían un Estado de la mayoría, en el cual la dictadura de clase que todo órgano estatal representa per se dejaba de serlo de la minoría, a pesar de ello, en el período crítico de comienzos de 1921 (un país destruido materialmente luego de siete años de guerra, con una población hambrienta y semidesesperada, con focos de levantamientos espontáneos en ciertas áreas del vasto territorio heredado del imperio zarista) se vio obligado a suspender el funcionamiento legal de toda fuerza política que no lo reconociese de hecho y de derecho, llamando al mismo tiempo al cese temporal de los debates internos entre las distintas facciones que conformaban al partido bolchevique, instaurando con ello de facto una forma de dictadura jacobina. El nuevo Estado, que según Lenin debía apuntar hacia su extinción desde los comienzos, se vio constreñido a solidificar su estructura. Hubo voces revolucionarias honradas que no estuvieron de acuerdo con eso.

De modo que el gran ensayo de Estado proletario tuvo inevitablemente que cargar con esos rasgos específicos del Estado burgués, aunque había cambiado su esencia: ahora el poder pertenecía al proletariado.

Pero ni eso, ni las terribles circunstancias descritas de guerra civil potenciada por la agresión extranjera, ni la hambruna concomitante, como hemos visto, pudieron abatir al coloso revolucionario; ni lo consiguió la posterior arremetida, a partir de junio de 1941 y patrocinada por las “democracias”, de la maquinaria bélica más temida de la época, la de la Alemania nazi, de cuyos sombríos propósitos el pueblo soviético y su acerado Ejército Rojo salvaron al mundo.

Pudo hacerlo, sí, la inconsecuencia interior. Tras la desaparición del gran maestro (21/1/1924) y el ascenso de un grupo encabezado por Iosif Stalin –a quien Lenin desaprobaba para el ejercicio de la jefatura*– el Estado soviético se fue convirtiendo en un régimen ultracentralizado que defendía los intereses de la élite burocrática, en el que los gerentes supeditaron a los trabajadores y los agentes de gobierno a los ciudadanos, y en el que se procedió a privilegiar la producción material sobre el desarrollo de la conciencia, comprometiendo o desviando así el proceso de edificación de la nueva sociedad.

Tal desviación se amparaba en la necesidad de defensa contra la hostilidad a muerte de los poderes mundiales y en el capitalismo de Estado creado y concebido por Lenin como necesario y transitorio bajo control proletario; y derivaba de mentalidades que no confiaban en las masas y se fueron reduciendo a círculos cada vez más estrechos, que confiscaban el poder colectivo en la misma medida en que diluían su perfil de revolucionarios. La “dictadura del proletariado” fue perdiendo su esencia política, la democracia revolucionaria, sin la cual no es posible ni imaginable construir socialismo, y en su lugar se abrió paso la expresión absolutista de un aparato burocrático parasitario, devenido en nuevo tipo de clase dominante y vulnerable a los cantos de sirena capitalistas, el cual desvirtuó la perspectiva socialista y restringió a Marx y Lenin casi a la condición de banderas de saludo. La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (Urss), nombre oficial del gran Estado multinacional, se fue convirtiendo en una especie de Jano, el dios de las dos caras: hacia el exterior, emoción y perspectiva; hacia dentro, desilusión creciente, aunque ese pueblo heroico, que defendiendo su esperanza acompañó a la dirigencia en las más terribles circunstancias, pudo conseguir logros impresionantes amparado en la fortaleza de su protagonismo y en los remanentes revolucionarios imbatibles.

La degradación de la democracia del experimento soviético, que en sus últimas décadas fue denominado “socialismo real” para pretender justificarlo, condujo al doloroso fracaso del “modelo”, doloroso porque a lo largo de su existencia había creado un vasto sistema de países llamado “campo socialista” y levantado las esperanzas de la inmensa masa planetaria de explotados. Todo eso se derrumbó y el capitalismo lo celebró como su victoria para siempre y el final de la historia.

El daño inferido a los obreros y los pueblos de la exUrss y del mundo por la camarilla responsable de esa tragedia histórica es incalculable, pues significó la perplejidad y pérdida de fe de millones de personas; la claudicación de muchos antiguos revolucionarios de piel; el afianzamiento del salvajismo de la explotación capitalista, con la consiguiente desaparición de reivindicaciones y conquistas del trabajo, y, sobre todo, el retraso en el avance hacia una sociedad justa y humana, libre de opresión y explotación.

El jefe de esa camarilla, pese a sus relevantes méritos como conductor en la guerra contra el nazifascismo y por los servicios prestados bajo la dirección de Lenin, deja su nombre (“estalinismo”) tristemente unido para siempre al “modelo” desvirtuado que produjo la frustración de tantos sueños. Quienes levantan hoy de nuevo las invencibles banderas socialistas, marchan por las “grandes alamedas” luminosas de la democracia revolucionaria.

Sin duda muchos teóricos militantes han manejado el escalpelo crítico y planteado estos problemas desde dentro y desde fuera de experiencias revolucionarias, antes, durante y después del derrumbe de la Urss y el “socialismo real”. Pero sus planteamientos –por ejemplo, Rosa Luxemburgo: “La misión histórica del proletariado (…) es crear en lugar de una democracia burguesa una democracia socialista”–, se dieron en condición de confrontaciones muy severas entre actores de mucha autoridad y con difíciles posibilidades de contrastación con la realidad. La implosión de la Urss vino a ser para muchos la confirmación de las previsiones que al respecto se realizaron y el descubrimiento de otros rasgos negativos de carácter estructural, con lo que el reexamen total del modelo soviético y la exploración de nuevas vías se convirtió en una necesidad.

No obstante, para otros revolucionarios lo que ocurrió no fue el fracaso del modelo, sino la perversión de la conciencia y el compromiso en los círculos dirigentes, lo cual facilitó la penetración del enemigo imperialista y condujo al naufragio.

Si recordamos la grandiosidad de la Revolución de Octubre, las páginas heroicas como pocas que escribieron los obreros, soldados y campesinos defendiendo el poder soviético de la invasión de catorce ejércitos burgueses de Europa, el aporte decisivo y con la más generosa dación de sangre y sacrificio para salvar del nazi-fascismo al mundo, la epopeya de trabajo y construcción que significó edificar desde el cuasifeudalismo a la poderosa Unión de Repúblicas que rivalizó con las arrogantes potencias imperiales, todo ello testimonio de la más fervorosa adhesión a una causa, una idea y una esperanza, si recordamos eso, no es posible concebir que si hubiese alcanzado cabalmente el gran objetivo planteado, es decir, el socialismo, hubiera podido derrumbarse sin que el pueblo capaz de aquellas heroicidades se levantara para impedirlo. No habría habido traiciones ni poder terreno con capacidad para lograrlo.

Pero el reto al capitalismo que la Urss encarnó durante siete décadas largas, librando una batalla en todos los terrenos y en el marco del terror nuclear (la “guerra fría”), deja enseñanzas de universal validez, tanto en sus monumentales errores como en sus incuestionables logros y en el legado conceptual de sus más preclaros exponentes, Lenin en primer lugar.

Resumamos los principales logros de la revolución, y perdónense las repeticiones: Transformó un país sin industria ni electricidad en una potencia formidable; consiguió altas cotas de educación para su pueblo; estableció las más progresivas normas jurídicas del trabajo, dando impulso vital a la lucha contra la explotación; ayudó a organizar y estimuló el movimiento mundial de las mujeres; definió y privilegió los derechos de la niñez y de la senectud; salvó del fascismo a la humanidad; propició los movimientos de liberación nacional de Asia y África; ayudó a las revoluciones china y vietnamita y defendió la cubana; inauguró la exploración espacial, lanzando el primer sputnik y los primeros cosmonautas, hombre (Yuri Gagarin) y mujer (Valentina Tereshkova); dejó indispensables aportes teórico-políticos para la lucha revolucionaria.

La humanidad que vive de su trabajo no puede menos que amar al Gran Octubre, porque puso a temblar al capital, probó que el mismo puede ser vencido, le arrancó para los explotados concesiones de temor, creó desde el atraso feudal un poderosísimo país y nos dejó el sabor de la esperanza a todos quienes tenemos hambre y sed de justicia.

¡Honor y gloria eterna a la Urss!

 

*El c. Stalin, llegado a Secretario General, ha concentrado en sus manos un poder inmenso, y no estoy seguro de que siempre sepa utilizarlo con la suficiente prudencia (…) Es demasiado brusco, y este defecto, plenamente tolerable en nuestro medio (…) se hace intolerable en el cargo de Secretario General. Por eso propongo a los cs. que piensen la forma de pasarlo a otro puesto y de nombrar para ese cargo a otro hombre que se diferencie del c. Stalin (…) que sea más tolerante, más leal, más correcto y atento con los cs., menos caprichoso, etc. Esta circunstancia puede parecer insignificante. Pero yo creo que (…) no es una pequeñez, o se trata de una pequeñez que puede adquirir importancia decisiva. (Véase: Lenin, V. I., Obras escogidas, tomo III, Editorial Progreso, Moscú, URSS, págs. 758-759).

 

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