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El “cambio” en Medio Oriente: muerte y caos

Luis Dávila/Cuatro F/

Caracas, Venezuela.– El pasado 4 de diciembre, tropas de infantería y tanques del Ejército de Turquía ingresaron a Irak, con la supuesta intención de entrenar tropas kurdas que intentarían recuperar la ciudad de Mosul –en donde se encuentra la mayor refinería iraquí- de los terroristas de Daesh, que la ocupan desde mediados del año pasado. El único detalle es que nunca lo informaron al gobierno de Bagdad, que conminó a las tropas turcas a retirarse en un plazo que se vencía el martes 8 diciembre a la medianoche. Turquía, apoyada en la debilidad de Irak y por la Organización del Atlántico Norte (OTAN) hizo caso omiso del ultimátum.

El suceso agrega un elemento más a la compleja situación en el Medio Oriente, en donde, por ejemplo, Turquía apoya a los combatientes kurdos establecidos en Irak mientras combate a los que se encuentran en su propio territorio, pues los considera “secesionistas”. La inestable situación de la política iraquí, que no ha conseguido recuperarse luego de la caída del gobierno de Saddam Hussein, le impide hacer frente a las amenazas externas y ha tenido que recurrir al Consejo de Seguridad de la ONU en donde ha presentado una queja oficial para pedir que intervenga y conmine a Turquía a que retire sus tropas del norte de Irak, de acuerdo a informes emanados de la oficina del primer ministro iraquí, Haider al Abadi. El jefe del Ejecutivo iraquí ordenó al Ministerio de Asuntos Exteriores presentar la queja por considerar que la entrada de fuerzas turcas en su territorio “supone una flagrante violación de la Carta de Naciones Unidas y de la soberanía de Irak”.

El cambio: caos y muerte

La llamada “primavera árabe” comenzó en Túnez en diciembre de 2010, cuando Mohamed Bouazizi, un vendedor ambulante, se inmoló debido a las continuas presiones de las autoridades policiales. Sin embargo, lo que comenzó como un movimiento social de protesta pidiendo mejores condiciones de vida para las grandes mayorías, culminó con guerras civiles en Siria, Libia y Yemen, todas atizadas desde el exterior y donde la voluntad de paz ha sido dejada de lado en nombre de intereses económicos imperiales.

Libia, por ejemplo, luego del asesinato de Muamar el Gadafi, se ha sumido en un caos social, en donde conviven tres gobiernos –incluyendo uno de Daesh en la ciudad de Sirte, donde fuentes de inteligencia iraníes ubican al líder máximo del grupo terrorista- y constituye uno los puntos de partida de las oleadas de inmigrantes que buscan desesperadamente alcanzar Europa para huir de la guerra. El petróleo de este miembro de la OPEP sale de sus puertos sin mayor control ante la inexistencia de un gobierno central, asunto que es aprovechado por las transnacionales energéticas para comprarlo a precios inferiores a los del mercado.

Siria para los sirios

Seguramente si en Túnez, en Egipto o en Omán, alguna potencia occidental hubiese introducido cargamentos de armas y apoyo logístico a las masas descontentas, la situación sería la que hoy padece Siria. Pero no ocurrió así y se permitió a las fuerzas políticas actuar para estabilizar la situación. De hecho, el llamado “Cuarteto de Túnez” que trabajó en esa nación para alcanzar acuerdos entre las partes acaba de recibir el Premio Nobel de la Paz.

En Siria, para desgracia de su pueblo, todo tipo de intereses se confabularon para imponer la tesis de la guerra. Hoy, luego de cinco años de un feroz conflicto, el portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, reiteró lo que debió haber sido obvio desde el principio: le corresponde al pueblo sirio debatir el destino del presidente Bashar al Assad. El funcionario ruso comentó en ese momento un comunicado de la oposición siria emitido después de conversaciones en Riad, Arabia Saudita, en donde se mostraron a favor de iniciar contactos con el gobierno legítimo del país, un importante cambio de posición respecto a meses anteriores.

Los opositores también piden la salida de todas las partes involucradas en el conflicto, desde la aviación rusa hasta el Hezbolá libanés y los asesores militares iraníes, pasando por los miles de terroristas extranjeros que en la actualidad participan en la guerra civil. Según el grupo de estudios de inteligencia militar Soufan Group, en las diversas tropas que conforman la oposición militar en Siria hay 6.000 tunecinos, 2.500 sauditas, 2.400 rusos, 2.100 turcos y 2.000 jordanos. También hay 5.000 terroristas europeos: son unos 1.800 franceses, 1.000 británicos, 1.000 alemanes y casi 500 belgas. En total, entre 27.000 y 31.000 terroristas extranjeros de 86 países distintos están presentes en Siria e Irak, más del doble de los 12.000 que había contabilizado el grupo en junio de 2014.

Petróleo sangriento

El grupo terrorista Daesh ha demostrado una gran capacidad para controlar zonas petroleras en Irak y Siria, para lo cual, según fuentes documentales y de inteligencia de Rusia e Irán, obtienen la invalorable ayuda de Turquía, quien colabora para comercializar el crudo por el cual obtienen millones de dólares de ganancias que les permiten sostener su infraestructura del terror. “El Estado Islámico ha conseguido más de 500 millones de dólares en el mercado negro de petróleo”, aseguró en días recientes Adam J. Szubin, subsecretario para Inteligencia Financiera y Terrorismo de los Estados Unidos, explicando que las ganancias mensuales son de 40 millones de dólares.

A pesar de que son obviamente responsables de la destrucción de una nación a partir de la llamada “Segunda Guerra del Golfo” en Estados Unidos, consideran que la solución al “problema” se encuentra en la partición de Irak en tres zonas, una “salida” parecida a la que se quiere imponer en Siria. “Lo primero que hay que hacer es establecer tres regiones que gocen de gran autonomía con un gobierno central viable ubicado en Bagdad. Las regiones kurda, suní y chií estarían a cargo de su propia legislación, administración y seguridad. El Ejecutivo central gestionaría la defensa de las fronteras, las relaciones internacionales y los ingresos del petróleo”, detalló el actual vicepresidente de los Estados Unidos, Biden, en un artículo publicado en The New York Times, cuando era miembro del comité de Exteriores del Senado.

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