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El asesinato del presidente John F. Kennedy (primera parte)

A 52 años del magnicidio del trigésimo quinto presidente de los EE.UU aún se devela un complicado entramado conspirativo alrededor del mismo

Por  Fabián Escalante Font*

El 22 de noviembre de 1963 a las 12:30 del día, el 35avo. Presidente de Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy, era abatido por varios balazos, en la ciudad de Dallas, Texas. El Pre­sidente se encontraba, desde principios de ese mes, en gira política, promoviendo su reelección para 1964. Pocos días atrás, en un teatro de la misma ciudad, ciudadanos locales habían abucheado a Adlai Stevenson, embajador en la ONU, debido a la hostilidad que en ese estado se respiraba contra el inquilino de la Casa Blan­ca y sus políticas.

Dallas eran un reducto de recalcitrantes, ra­cistas y derechistas, republicanos y demócratas. De hecho, la vicepresidencia otorgada a Lyn­don Johnson, había sido una forma de atraer, al menos a un sector del Partido Demócrata que, en esa región, se caracterizaba por su conservadurismo. En los días previos a la visita se habían repartido en la ciudad más de 5 000 carteles con la imagen de Kennedy, de frente y de perfil, y un cartelito debajo con la leyenda “se busca”. Se­gún la opinión generalizada de los conservadores del Ku kux klán y la John Birch Asociation, el Presidente estaba vendido a los negros y co­munistas. El mismo día del asesinato, el Dallas News, diario matutino de esa capital, criticaba acremente al Presidente.

La comitiva presidencial llegó puntualmente al aeropuerto de Dallas y debía transitar por una ruta preestablecida por la calle Main hasta el puente de Pontchartrain; sin embargo, el re­corrido había sido modificado, de manera que rodeara la plaza Dealy, precisamente donde se encontraba el edificio del Depósito de Libros donde trabajaba Lee Harvey Oswald. Hasta hoy se desconocen los motivos de tales cambios y si fueron responsabilidad del Ser­vicio Secreto, a cargo de la protección presidencial, la policía local o el alcalde, Earl Cabell[1].

Es muy sospechoso que el Servicio Secreto no tomara medidas extremas de seguridad en una ciudad como aquella y permitiera a Kennedy utilizar un auto descapotable, sin asegurar su recorrido apostando decenas de agentes en azoteas y ventanas, fundamentalmente al bordear la plaza Dealy, un lugar no previsto y donde el vehículo presidencial debía reducir la marcha a unos pocos kilómetros.

Decenas de testigos presenciales concentrados en la plaza Dealy, aseguraron posteriormente haber escuchado al menos cinco disparos[2], unos por el frente de la caravana, desde un montículo de hierba, y otros provenientes de la parte posterior. Al menos, dos impactaron al Presidente, uno al gobernador John Conally, que lo acompañaba, y un proyectil, intacto, fue encontrado posteriormente en el borde de la acera.

Tras los disparos, la reacción inmediata de las personas que estaban agolpadas en la Plaza, para saludar al Presidente, fue correr hacia el lugar desde donde escucharon los fogonazos, el montículo de hierba[3] que colindaba con el patio de la estación de trenes de la localidad. La policía que también corrió hacia el lugar, detuvo a varias personas, al parecer vagabundos, pero ninguna de ellas llegó al precinto para ser identificados, aun siendo sospechosos o testigos de un magnicidio. Inexplicablemente habían sido puestos en libertad. Los detenidos desaparecieron y nunca se conoció de ellos.

Kennedy llegó muerto al hospital Parckland Memorial y de inmediato, el vicepresidente Johnson ordenó limpiar la limosina donde había sido asesinado. Al Servicio Secreto, encargado de la tarea, no se le ocurrió buscar huellas y evidencias, como era de esperar. El examen médico del hospital, daba cuenta que las heridas del cuello y la cabeza eran de proyectiles entrantes, por lo tanto habían sido disparadas desde el frente. Sin embargo, todo fue silenciado.

A las 12:41 p.m., es decir 11 minutos después de la muerte de Kennedy, la policía transmitía por radio a sus agentes la descripción de un sospechoso, que suponían era el asesino. Un hombre joven de unos 30 años, 1,80 de altura, trigueño, pelo castaño y liso. Según la Comisión Warren esta descripción concordaba con la de Lee Harvey Oswald, una persona que poco después devendrá en noticia de primera plana por sus antecedentes comunistas y de simpatizante de la Revolución Cubana, a causa de que este era el único empleado que se había ausentado del Almacén del Depósito de Libros Escolares desde donde se aseguraba se hicieron los disparos, y donde fue encontrado un fusil con el que presuntamente se había realizado el atentado. A las 12:45 p.m., 15 minutos después del crimen, Oswald llegó al apartamento que tenía alquilado, se cambió de ropas y tomó un revolver. Dos minutos más tarde, a un kilómetro y medio de allí se produjo el asesinato del policía J. D. Tipppit, crimen que le fue adjudicado posteriormente. Oswald, por su parte, salió de la casa caminando, entró al cine Texas sin pagar la entrada —con el consiguiente escándalo de la taquillera—, a pesar de que tenía dinero en sus bolsillos y fue detenido minutos después por la policía, que llegó al menos en 12 autos patrullas.

Terminado el primer interrogatorio, fue trasladado de habitación, momento en que los periodistas allí presentes lo cuestionaron sobre el presunto magnicidio, que este negó categóricamente, agregando que él solo era un “patsy”[4]]. A las 4:00 p.m. cuando aún la policía se encontraba interrogando al sospechoso, los medios de prensa comenzaron a señalar a Oswald como el asesino del Presidente, aireando un conveniente pasado como desertor en la URSS, comunista convencido y simpatizante de la Revolución Cubana.

Mientras, el Servicio Secreto había sacado prácticamente a la fuerza el cadáver de Kennedy del hospital Parckland —donde las leyes locales exigían la autopsia— y lo condujo a toda carrera al aeropuerto, desde donde fue trasladado al avión presidencial, que finalmente lo llevó a Washington. La autopsia fue rápidamente realizada por médicos militares en el hospital de Bethesda, de esa localidad. En ese tránsito, Lyndon Johnson fue juramentado como presidente.

Cuarenta y ocho horas después del magnicidio el jefe de la policía local, Jesse Curry, decidió el traslado de Oswald hacia la cárcel de la ciudad —aludiendo motivos de seguridad— a pesar de no haber logrado confesión alguna y no asistirlo legalmente. Pocos minutos después de iniciarse el traslado, fuertemente escoltado por la policía, al llegar a los sótanos del precinto policial y en presencia de las cámaras de TV, y más de una veintena de periodistas, fue asesinado de un disparo mortal, por Jack Ruby, un conocido rufián del bajo mundo local.

Todos los detalles para la inculpación de Oswald habían sido previstos. Sus antecedentes, su inestabilidad, sus simpatías políticas. Oswald había comprado por correspondencia, un fusil “malincher carcano[5]” de fabricación italiana, que databa de la segunda guerra mundial, y era de retrocarga, y convenientemente se había fotografiado con él en una de sus manos, mientras que en la otra, sostenía una publicación comunista.

El registro oficial de los disparos imputados[6]: tres en solo 5,7 segundos, con un fusil de retrocarga, que necesariamente se debía manipular cada vez que realizara un disparo y por tanto, sacarlo de la mira del objetivo era improbable. Los expertos del FBI no lograron un blanco efectivo en menos de siete segundos, sin contar que en el primer disparo, el cual debió ser el más certero, fallaron y son los restantes —según la versión oficiosa— los que causan la muerte del Presidente. Finalmente otro detalle: para un tirador emboscado en la sexta planta del edificio del Almacén de Libros, resultaba más oportuno disparar en el momento en que el auto presidencial doblaba por la calle Houston, en tanto el blanco quedaba de frente; sin embargo, esperó a que el auto terminara el giro y alcanzara la calle Elms, dando la espalda al tirador, donde un árbol obstaculizaba parcialmente el blanco, para entonces apretar el gatillo.

El fusil del alegado criminal, fue enviado al FBI en busca de huellas, las que no encontraron; sin embargo, cuatro días más tarde, la policía local con el fusil que ellos afirman utilizó Oswald, decidió visitar la morgue de la ciudad, donde se encontraba su cadáver. Horas más tarde en comunicado de prensa, la jefatura de Policía afirmó haber encontrado una huella del occiso en el arma. La película tomada por Abraham Zapruder, un fotógrafo aficionado, entre los asistentes a la Plaza Dealy, que logró captar el momento mismo del crimen, fue comprada por la revista Time-Life, que en vez de publicarla, la sacó de circulación durante varios años. Cientos de testimonios fueron desoídos, decenas de pruebas fueron eliminadas, no aparecieron nunca notas de los interrogatorios realizados a Oswald, los rayos X y otras pruebas de la autopsia desaparecieron.

Al unísono, una descomunal campaña mediática comenzaba a ejecutarse, en la cual Cuba y sus dirigentes aparecían como el eje central, como instigadores de los pasos de Lee Harvey Oswald. El objetivo era crear un estado de histeria colectiva en los Estados Unidos que propiciara una acción de respuesta: la agresión militar contra Cuba.

El complicado entramado de este magnicidio, las extrañas desapariciones de pruebas y testigos, la implicación de diversas agencias gubernamentales en estos hechos, la campaña de prensa desatada y las evidencias posteriores de la participación de organizaciones fundamentalistas del exilio cubano y la mafia, demuestran que hubo un complot nacional, razón por la cual aún transcurridos más de 50 años las autoridades norteamericanas no han develado los culpables del crimen, y guardan celosamente los documentos y las investigaciones por ellos realizadas.

Con el asesinato de Lee H. Oswald se pretendía silenciar y cerrar aquel bochornoso capítulo de la historia contemporánea norteamericana. Un año después, Jack Ruby moría  en prisión, en extrañas condiciones, luego de exigir a la Comisión Warren se le trasladara a Washington para exponer su “verdad”. Más de cien testigos o presuntos participantes han muerto en misteriosas circunstancias y periódicamente la prensa norteamericana, a su conveniencia, activa la posibilidad de la inculpación cubana en el crimen.

Por su parte, Cuba ha denunciado, desde el mismo 23 de noviembre —cuando Fidel Castro en certero y visionario análisis refería a la comunidad internacional—, que la muerte del Presidente norteamericano era producto de un complot de las fuerzas más oscuras y tenebrosas de ese país y que formaba parte de una conspiración contra la Revolución Cubana.

 

* Fabián Escalante Font, general de división (r) autor del libro El Complot Obje­ti­vos JFK y Fidel.

 

[1] Earl Cabell, hermano del defenestrado general James Cabell ex segundo jefe de la CIA

[2] Todos los testimonios recogidos por las dos comisiones oficiales, coinciden en que fueron cinco los disparos.

[3]  Según la comisión Warren, 55 personas situadas en la Plaza Dealy, para saludar al Presidente, al escuchar los disparos, corrieron en esa dirección.

[4] Patsy, “chivo espiatorio”.

[5] El fusil “malincher carcano” era tan malo, que durante la primera guerra mundial le decían el fusil humanitario, pues no daba al blanco, además este tenía la mira telescópica dañada, según los expertos del FBI.

[6] Según el informe final de la Comisión Warren.

 

Tomado de: http://www.granma.cu/mundo/2015-11-19/el-asesinato-del-presidente-john-f-kennedy-primera-parte

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