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Cuando el fascismo llega al poder

Por Alberto Aranguibel B

“La muerte que yo canto no es cruz de cementerio,
ni ilusión metafísica de las mentes cobardes,
ni lóbrego infinito de profundos filósofos.
Miguel Otero Silva”

Pocas sociedades en el mundo han contado con la prodigiosa fortuna de haber podido verle de cerca el rostro verdadero al fascismo y escapar de él sin quedar atrapadas en sus fauces putrefactas y pestilentes a muerte, como le ha tocado en varias oportunidades a la Venezuela de inicios del siglo XXI, en plena efervescencia de ese fragor popular que es la Revolución Bolivariana.

El fascismo cuando llega al poder se instaura apoyado siempre en el terror que las balas siembran en la sociedad mediante la más salvaje y despiadada represión contra el pueblo para inhibir desde la más profunda raíz todo vestigio de resistencia que pueda poner en riesgo el proyecto de dominación que le inspira.

El golpe de abril del 2002 (y toda la atrocidad que en horas desataron las jaurías complotadas con su furiosa cacería de chavistas a lo largo y ancho del país) fue el anuncio apenas de todo cuanto se propone hacer la derecha venezolana en el supuesto negado de alcanzar el poder por cualquier vía. De haberse quedado con el control del Estado en esa oportunidad, la destrucción y la muerte habrían seguido el curso devastador que ya habían emprendido.

En el lenguaje tierno, pero intensamente desgarrador y espeluznante a la vez, con el que Matilde Urrutia, la amante eterna y compañera infinita del gigante de las letras latinoamericanas Pablo Neruda, relata la crudeza de esa furia asesina a la hora del golpe de ultraderecha contra el gobierno socialista de Salvador Allende en el Chile de 1973, se comprende con total exactitud el horror del fascismo en toda su dimensión, porque es visto a través de los ojos de una ciudadana más que cuenta su historia sin afectaciones de rebuscamiento ni dramatismos sensibleros, sino con la voz franca y sencilla del pueblo.

En “Mi vida junto a Pablo Neruda” (Seix Barral 2002), Matilde, con el apoyo del escritor chileno Gustavo Adolfo Becerra, describe con palabras llanas lo que ella presenció junto a Pablo desde el primer momento de la asonada. “Era muy temprano. Encendimos la radio para oír noticias. Entonces todo cambió. Había noticias alarmantes, dadas en forma desordenada. De pronto, la voz de Salvador Allende. Pablo me mira con inmensa sorpresa: estábamos oyendo su discurso de despedida; sería la última vez que escucharíamos su voz. “Esto es el final” me dice Pablo con profundo desaliento. Yo protesto: “No es verdad, esto será otro tancazo, el pueblo no lo permitirá”.”

Como en los presagios más oscuros y demoledores, la pareja sabía que el fin de todo lo hermoso que hasta ese momento conocían de la vida, la esperanza de la justicia y la igualdad social, se les venía encima con un peso de apocalipsis.

Sigue Matilde en su doloroso relato: “Fue así como supimos más tarde, por una radio de Mendoza, la muerte de Salvador Allende. Fue asesinado en La Moneda, que había sido incendiada, comunicaban las radios extranjeras. En Santiago se demoraron horas en informar la muerte de su presidente.”

“Estamos solos con este inmenso dolor. Seguimos oyendo noticias: nadie puede salir de su casa, quien desobedezca morirá. Son los primeros bandos.”

“Chile entero está preso en su casa. Yo tengo la esperanza de que muy pronto nos dirán que el movimiento subversivo ha sido sofocado, pero estoy equivocada y, como siempre, Pablo, con esa intuición profética que comprobé tantas veces, tenía razón. Esto era el fin.”

Más adelante, “Pablo está muy excitado, me dice que habló con muchos amigos y que es increíble que yo no sepa nada de lo que pasa en este país. “Están matando gente –me dice-, entregan cadáveres despedazados. La morgue está llena de muertos, la gente está afuera por cientos, reclamando cadáveres. ¿Usted no sabía lo que le pasó a Víctor Jara? Es uno de los despedazados, le destrozaron las manos.”“

El 23 de septiembre, apenas doce días después del infausto golpe contra la democracia más antigua de Suramérica, Pablo Neruda fallecía vencido por el dolor más grande que probablemente experimentó en toda su vida. Matilde pide que se le traslade a su casa, destruida por la sanguinaria dictadura que acababa de instalarse en La Moneda.

“Llegamos a la casa. Aunque viviera mil años, nunca podría olvidar este momento. Si el mundo entero se hubiera puesto boca abajo, no me habría producido mayor asombro. Vidrios por todas partes, la puerta abierta, la escalera de entrada era un torrente de agua imposible entrar […] Así entró en su casa Pablo, después de muerto. Yo iba detrás de su ataúd, tomada de su urna como para darme valor. No podría describir mi asombro al llegar arriba. ¿Qué se había hecho de esta casa que hasta hace tan poco era alegre y florida? ¿Qué había pasado? ¿Por qué esa destrucción? El ciclón de la furia la había azotado, habían arrasado el jardín, quebrando todo. ¿Por Qué?”

“Entramos al living, acompañados por una música aterradora producida por nuestros pies al pisar los vidrios del suelo. Era como si el horror saliera a la superficie. En aquella casa transparente no quedó un vidrio intacto, montones de ellos por todas partes…”

Aquel día, que debió haber sido de profundo recogimiento y respeto ante la pérdida del más grande poeta del continente suramericano, fue toda una experiencia de terror. Matilde lo plasma con crudeza: “Todos los acontecimientos de ese día y esa noche son muy difíciles de contar, y fue más difícil aún vivirlos. Todo el día desfiló gente por esta casa, todo el día oí relatos de horror. “Señora, mataron a mi hijo –me dijo una pobre mujer angustiada a la que yo no conocía-, quiero que alguien me ayude para que me entreguen el cadáver, yo ahora solo quiero enterarlo.” Me mira con ojos de súplica, ella cree que yo puedo ayudarla. […] Una voz de hombre nos interrumpe en ese momento: “Toda la población donde vivo ha sido allanada; a mi mujer la golpearon porque levantó la cabeza para respirar cuando la tenían boca abajo. Se llevaron lo que encontraron; dicen que no podemos tener radios, todas se las llevan”. Otro hombre, moreno, nos mira con ojos duros y dice con voz enronquecida por la emoción: “No sería nada que lo mataran a uno, pero es que te hacen pedazos porque no confiesas lo que no sabes; nosotros sólo pensábamos en trabajar, tratábamos de arreglar este país, ¿Qué de malo había en ello?”. Yo los miro. ¿Cómo ayudarlos? ¿Quién puede ayudarlos? “

La angustia más dolorosa de aquel crispante relato es quizás la que Matilde resume en un breve párrafo: “Estamos aquí, solos, sintiendo toda la amargura del mundo. Salvador Allende asesinado, La Moneda incendiada, muy pronto en la televisión veríamos las llamas, el humo, la destrucción, y nos preguntábamos entonces: ¿Dónde estaban estos chilenos capaces de hacer todo esto? ¿Dónde estaban, que nosotros no sabíamos de su existencia?”

En la Venezuela revolucionaria de hoy sabemos dónde están los venezolanos que pueden hacer eso en nuestro país.

Cuando escuchamos la voz de un golpista contumaz planificando la muerte de sus propios seguidores bajo las balas de francotiradores; o de un ex alcalde conspirador, postulado hoy al parlamento, amenazando a un funcionario de la Contraloría General de la República con asesinarle a toda la familia, uno por uno, solo porque el funcionario está cumpliendo con su labor de fiscalizar; cuando descubrimos a un alcalde en funciones encapuchado incendiando la ciudad que lo eligió, para ayudar a sus aliados que anhelan asaltar la presidencia de la República a la fuerza; cuando vemos a dueños de medios privados instigando mediante calumnias e infamias a la población al asesinato de dirigentes revolucionarios; cuando vemos la disciplina con la que la dirigencia opositora se rinde sumisa a los ataques del imperio contra nuestro pueblo y se distancia del clamor popular para que cese la agresión; cuando vemos grandes emporios empresariales arruinar la economía escondiendo sistemáticamente los productos que el pueblo busca desesperado, dejando que las medicinas se pudran antes que ofrecerlas a quienes las necesitan, elevando los precios de las mercancías de manera criminal y desalmada, sabemos dónde están los venezolanos capaces de hacer todo lo que el horror del fascismo puede hacerle a un pueblo cuyo único delito ante los ojos del neoliberalismo es procurar la justicia y la igualdad social.

La manera de impedirlo, es evitar que los fascistas lleguen al poder.

Fuente SoyAranguibel

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