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Cien años para Daniel Santos

Por Ciro Bianchi Ross*

La Habana (PL) Cuba celebra los cien años de Daniel Santos, exponente excepcional de la música popular bailable en el Caribe. Pocos como él contribuyeron a fundir en un solo estilo los modos de crear y cantar de Puerto Rico y Cuba.

Su largo contacto con lo mejor de la música cubana le confirió un sello de cubanía perceptible en todas sus interpretaciones y composiciones, lo que le asegura un sitial meritorio entre los grandes cantores de la música cubana del siglo XX.

Fue a finales de 1946 cuando el también puertorriqueño Bobby Capó lo presentó en La Habana a Amado Trinidad, el entonces poderoso propietario de la RHC Cadena Azul.

De aquel encuentro surgió un contrato para Santos. Y fue en su debut donde, por un error del locutor, se le llamó El Anacobero. A partir de ese momento lo identificaron por ese mote, que se hizo famoso en la Isla y al que se le añadió el de “inquieto”, que correspondía con el carácter y la personalidad del cantante.

Con su modo de cantar El inquieto anacobero había impresionado a La Habana, tanto como esta ciudad impresionaba al artista. Esa Habana de atardeceres apacibles, mulatas barrocas y espectáculos deslumbrantes en los que alternaban Esther Borja y Jorge Negrete, Celia Cruz, el trío Los Pancho, Rita Montaner y la rumbera Ninón Sevilla… todos los cantantes, rumberos y músicos preferidos por los públicos exigentes.

Fueron precisamente esos públicos exigentes de Cuba los que poco a poco moldearon a Daniel Santos como uno de los grandes cantantes del mundo hispano de la época, escriben Olavo Alén y Ana Victoria Casanova en su ensayo Tras la huella de los músicos puertorriqueños en Cuba.

Precisan: “Durante quince años, Daniel Santos estuvo entrando y saliendo de Cuba hacia Nueva York o hacia otras ciudades del continente sudamericano y en cada entrada reafirmaba su condición de gran intérprete de la música”.

Después del contrato con la RHC Cadena Azul vinieron altas y bajas hasta que se suma a la que algunos consideran una de las grandes agrupaciones musicales de todos los tiempos, la Sonora Matancera.

Con esta orquesta pasa a CMQ y se presenta en Cascabeles Candado, quizás el programa de mayor audiencia en ese momento. El propio Daniel dijo en una ocasión: “Hay quienes sostienen que yo hice a la Sonora Matancera. Otros, que la Sonora me hizo. Nos beneficiamos mutuamente…”

Lo cierto es que con el primer disco que grabó con esa orquesta alcanzó Daniel Santos la cúspide de la fama. Piezas que entonces llevó al acetato -con el respaldo de la Sonora Matancera- trascendieron en el tiempo a la propia vida del intérprete.

Tales son los casos de Noche de ronda, de Agustín Lara; Cuidadito compay gallo, de Ñico Saquito; y Dos gardenias, de Isolina Carrillo; ”gardenias que no se marchitan desde que él las cultivó con su canto”, expresó una vez la compositora.

EL COLUMPIO DE LA VIDA

”La oligarquía hubiera deseado quemarlo, atizando la candela con sus discos. Los pequeños burgueses de izquierda lo trataron como otro “opio del pueblo”. Es que era un cantor de la marginalidad, o sea, de las mayorías. Era rey para obreros, negros, desempleados, matones, amas de casa y putas. Sus boleros, guarachas, mambos y sones estuvieron en cumpleaños, bodas, fiestas de pueblo y bares de “mala muerte”, escribe el colombiano Hernando Calvo Ospina.

Añade que al inquieto anacobero se le veneraba y de puro milagro no lo elevaron a los altares.

Nació en 1916, en Santurce, Puerto Rico, hijo de un carpintero y de una costurera. Pronto tuvo que abandonar los estudios primarios y salir a la calle a limpiar zapatos.

Tenía nueve años cuando su familia se instaló en Nueva York. Pese al cambio de geografía, la situación no mejoró y para ayudar al sustento de los suyos vendió hielo y carbón, barrió calles y destupió cloacas.

Su entrada en la música fue casual y quizás haya mucho de leyenda en la historia. Se dice que una tarde cantaba bajo la ducha y su voz se oía en la calle cuando acertó a pasar por allí el integrante de un trío musical.

El tipo, admirado, quiso conocerlo. Insistió. En la puerta de la casa, con una toalla enrollada en la cintura, Santos aceptó ser parte de ese grupo. Así empezó su vida de cantante.  Luego, en 1938, conoció a su compatriota, el compositor Pedro Flores, encuentro que resultaría decisivo en la vida del futuro anacobero.

A partir de ahí se labró y paseó por toda América un estilo único, dejando a su paso, dice Miguel López Ortiz, una estela de leyenda, recuerdos imborrables, un anecdotario monumental, muchísimas grabaciones e hijos en no pocos casos. Actuó en varias películas.  Cuba le inspiró varias de las 400 piezas que decía haber compuesto.

Mucho se ha escrito acerca de Daniel Santos. La inmensa mayoría de los artículos y crónicas, incluso libros que se le han dedicado, se centran en su quehacer profesional y sobre todo, en su vida desordenada y repleta de alcohol, mujeres y riñas. Pocos de esos textos recuerdan declaraciones como esta:

“Yo entro a cualquier barrio del mundo, porque en todos se habla un idioma común, el idioma de la pobreza, y aunque haya matones, tecatos, putas y contrabandistas, siempre me respetan. Para otros, son barrios malos, para mí, no. Yo sé lo que ha pasado esa gente porque yo nací así, qué carajo. Nací pobre y al pobre le echan la culpa de todo lo malo. Hay gente noble en esos lugares atestados de dolor (…) Yo conozco todos esos barrios de Latinoamérica, he estado en todas sus barras, me he dado el trago con todos sus borrachos (…) En estos lugares hay poco dinero, y donde hay poco dinero, hay delincuencia, hay necesidad, hay que robar. Ésa es la realidad de esos sectores marginados que tanto han contribuido al desarrollo de la música popular latinoamericana…”

EN UN BAR DE MARACAIBO

En 1957, en un bar de Maracaibo, Venezuela, escribió Daniel Santos sobre una servilleta su canción Sierra Maestra. Nadie quiso grabarla en Caracas y tuvo que grabarla en Nueva York. Recibió como pago las primeras mil copias del disco.

Poco a poco las fue vendiendo y mandó a Cuba unos escasos ejemplares. Una de esas copias llegó a poder de la guerrilla fidelista que comenzó a pasarla por su emisora Radio Rebelde, que trasmitía desde las montañas orientales. Eso hizo que Daniel Santos fuera acusado de comunista y de amigo de los barbudos.

En los días iniciales de enero de 1959 Daniel Santos vio la entrada triunfal del Ejército Rebelde en La Habana. Volvió a la Isla en agosto de 1960 cuando lo expulsaron de Costa Rica. Se celebraba en San José, capital de ese país centroamericano, la VI Reunión de Consulta de los Ministros de Relaciones Exteriores de la Organización de Estados Americanos.

Washington abonaba el terreno para conseguir la expulsión de Cuba de ese organismo hemisférico y círculos oficiales ticos no ocultaban su hostilidad hacia la delegación cubana, que encabezaba el canciller Raúl Roa, y el grupo de periodistas de Prensa Latina que capitaneaba su director, Jorge Ricardo Masetti.

Las autoridades habían dado el permiso para un acto de solidaridad con Cuba en el que participaría Roa, pero al llegar allí el Ministro y su comitiva encontraron que un cordón policial les vedaba el acceso.

Quiso Roa traspasar el cerco y estuvo a punto de ser víctima de una agresión.

Daniel Santos cantaría en ese acto. No solo se le impidió hacerlo, sino que decidieron expulsarlo del país. La embajada cubana le ofreció entonces hospitalidad y al día siguiente viajó a La Habana.

Regresó en 1961. Aceptó la gerencia del club Habana 1900. Pero ya la ciudad no era la que él conocía y añoraba, y falsas moralinas, incomprensiones y extremismos, dice Helio Orovio, conspiraron contra su permanencia en la Isla.

Se despidió por todo lo alto. Actuó en el cabaré del hotel Capri, donde interpretó Despedida y cantó Dos gardenias en un popular programa televisivo. En el club Internacional, un modesto cabaré del centro de la ciudad, pasó los últimos días y noches de una Habana que se iba al ritmo del cambio social para el que, dijo, “muchos cubanos no estaban preparados, ni yo tampoco”.

Se fue de nuevo y nunca más regresó al país que le dio tanta fama. Falleció en Ocala, Florida, en 1992.

*Periodista de Prensa Latina.

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