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Bohemian Rhapsody y Barcelona, dos razones para amar a Freddie

Por Charly Morales Valido (*)

San Salvador (PL).- Mick Jagger y Magic Johnson son la prueba viva de que si Freddie Mercury hubiera soportado unos meses más, quizás aún estaría cantando y subyugando al mundo con su voz.

El vocalista de la emblemática banda Queen murió poco antes de la eclosión de los medicamentos retrovirales, y sucumbió víctima del SIDA a los 45 años de edad, en noviembre de 1991.

Freddie volvió a ser noticia, como cada 5 de septiembre, cuando los amantes de la buena música recuerdan el nacimiento de Farrokh Bulsara en Stone Town, ciudad de la antigua colonia de Zanzíbar.

Farrokh, el verdadero nombre del responsable de canciones que aún ponen los pelos de punta, viajó en 1964 al Reino Unido, donde emergió en plena furia del “glam rock” con la banda Queen.

Tuvo una vida de película, y de hecho, todos esperan el estreno este año de Bohemian Rhapsody, un sugerente “biopic” con Rami Malek (Mr. Robot, Noche en el Museo) en el papel del astro.

Resulta difícil elegir una canción que Mercury haya elevado al rango de clásico, porque son muchas, y todas con suficientes méritos melódicos, vocales y de significados.

Sin embargo, dos temas sobresalen por lo que representaron en la vida de Freddie: “Bohemian Rhapsody” y “Barcelona”, clímax y epílogo de quien, pese a todo, sabía que el show debía continuar.

De Bohemian Rhapsody (1975), los ingleses dicen que es mejor que el sexo, quizás porque se trata de quizás la canción más contundente, emotiva y liberadora en la historia del rock.

Célebre por sus seis emblemáticas secciones, el tema parte de una introducción a capella, pasa a un tono de balda que deriva en un intenso solo de guitarra, cortesía del gran Brian May.

Sobreviene un tramo operístico cuyas ráfagas de ímpetu in crescendo desatan un rock trepidante que explota en una distendida coda final, cerrada con un gong liberador.

Aquella genialidad suprema de Freddie rompió todos los moldes existentes sobre la estructura de una canción, y logró combinar de manera súper orgánica balada, ópera y heavy metal.

La grabación duró cinco semanas, y costó Dios y ayuda, pues los estudios de entonces tenían cintas analógicas de 24 pistas, y para los coros fueron re-mezcladas 120 grabaciones vocales separadas.

Cuando el single estuvo listo, a la discográfica le asustó su duración (5:55 minutos), pero Kenny Everett la pasó en su show radial y la respuesta fue apoteósica.

Algunos creen que este tema es una catarsis de Freddie al salir del closet, justo en 1975, tras siete años junto a la mujer de su vida, Mary Austin, pero el autor nunca se molestó en confirmarlo.

A su vez, Barcelona llegó cuando Freddie se sabía condenado, pero feliz de cumplir un viejo sueño: cantar junto a la soprano catalana Montserrat Caballé.

Dueño de un impresionante registro vocal y amante de la ópera, Mercury quedó prendado de la Caballé desde 1981, cuando le oyó interpretar Un Ballo in Maschera en el Royal Opera House.

Consciente de la admiración mútua, el manager Jim Beach arregló un encuentro en el Hotel Ritz entre ambos intérpretes, y la Montse le propuso grabar 10 temas juntos.

Sus apretadas agendas apenas le dieron un margen de tres días para crear, pero Freddie quedó cautivado por la personalidad de la soprano y la libertad que le inspiró para componer.

El músico le puso el corazón y todas las fuerzas que le quedaban a su cuerpo, minado ya por los estragos de su terrible y casi desconocida enfermedad.

En octubre de 1988 sale al mercado el disco Barcelona, con gran protagonismo de una ópera con tendencia al glam rock y un pop de alcurnia, pero con una conmovedora canción inicial.

Barcelona es una canción que estremece, entre otras razones, porque Freddie legó el testimonio inapelable de que ningún cantante de rock tuvo una voz como la suya.

Como colofón, la Montse cierra con un crescendo melódico hasta un cielo donde Freddie pega el tiro de gracia con un magistral “ÂíBarcelona!” que desata un arrebato de campanas.

Le presentaron una maqueta de la canción al alcalde Pascall Maragall, y el Comité Olímpico Español la eligió himno oficial de los XXV Juegos Olímpicos, organizados por la Ciudad Condal.

El dúo la cantaría en la apertura, pero Fredie murió ocho meses antes, el 24 de noviembre de 1991, un día después de hacer pública su enfermedad, que privó al rock de su estrella más refulgente.
/msm/cmv

(*) El autor es Corresponsal Jefe de Prensa Latina en El Salvador

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