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Aquella impronta indeleble a favor de la paz y el diálogo entre las y los venezolanos

Carlos Machado Villanueva

27/09/2016

Que Venezuela haya resistido hasta ahora y con relativo éxito 17 años de un sostenido proceso de desestabilización política por parte de poderes fácticos internos y externos opuestos al proyecto chavista, obliga  a indagar hasta qué punto su  líder máximo, el desaparecido Hugo Chávez,  logró con su acción política hacerlo inexpugnable ante los intentos de dividir a la mayoría de la población y hacerla que se enfrente en una fratricida guerra civil.

Realmente, hoy se puede asegurar sin temor a equivocarse  que toda la panoplia teórico-práctica de los laboratorios imperialistas de desestabilización y operaciones encubiertas (guerra psicológica, etc.),   se ha estrellado contra la terquedad de las y los venezolanos,  que, si en algún momento quedó en evidencia fue el pasado primero d septiembre  cuando  una campaña derechista  de promoción de la violencia callejera entre la turba de  un millón de sus seguidores  que aspiraban a  movilizar hasta l centro de la ciudad al a cualquier costo en vidas humanas ,  y a  pesar de la preventiva prohibición oficial a tal bravuconada con visos evidentemente golpistas.

¿Es que a caso no estaban ya  develadas desde las primeras  convocatorias opositoras  las costuras de esta frustrada masiva movilización derechista?, que no eran otras que la de repetir a la venezolana la toma de la Plaza Maydán de Ucrania y derrocar al presidente Nicolás Maduro.

El  escenario final  escogido: la Plaza Diego Ibarra, muy cerca de la sede principal del Poder Electoral, para la oposición derechista culpable  -supuestamente cumpliendo obedientemente instrucciones del Ejecutivo-  de la no realización del referéndum revocatorio en el año 2016 como aún  continúa exigiendo, a pesar de lo técnicamente imposible  que ya resulta,  por no ser convocado por ésta en el momento justo, el 10 de enero pasado.

Al instalarse  allí los manifestantes opositores, tal vez por días, semanas e incluso meses, de seguro los demás ciudadanos asistiríamos vía mediática  a la comisión de todo tipo de actos de violencia por parte de éstos –la Plaza Altamira se quedaría chiquita-, asesinatos  –reales y simulados- de ciudadanos incluidos,  para luego endilgárselos a las fuerzas del orden público, y así  finalmente obligar  al presidente Nicolás Maduro a renunciar o destituirlo desde la Asamblea Nacional, no sin una previa e intensísima campaña mediática, sobre todo dirigida a la comunidad internacional, señalándolo de violador de los derechos democráticos y humanos.

Pues bien,  amaneció el  2 de septiembre y en casi todo el territorio nacional se respiraba normalidad y paz,  a diferencia, por ejemplo, de lo que sucedió entre febrero y mayo de 2014, con particular virulencia en 18 municipios de clase media alta y no tan del país.  Allí piquetes de jóvenes y no tanto cometieron toda clase de vandalismos,  y más lamentable aún,  causaron la muerte de 43 personas y unos 800 heridos.

La sangrienta  jornada s fue bautizada por líder opositor de extrema derecha, Leopoldo López, hoy juzgado por incitador principal de los mismos, como “La salida”, en alusión a que sería por esta vía violenta  que lograrían finalmente la salido del presidente Maduro del Gobierno.

Ya asentadas las aguas, las encuestas comienzan a reflejar cuál es el estado de opinión  mayoritario de las y los ciudadanos venezolanos acerca de  temas dicotómicos tales como inestabilidad-inestabilidad, gobernabilidad-ingobernabilidad; paz-violencia política, institucionalidad-caos, democracia-golpe de estado.  Y definitivamente, la gran mayoría de nuestro pueblo, independientemente de sus preferencias políticas, lo que quiere es que los asuntos de esta índole los resolvamos las y los venezolanos  nosotros mismos s en paz y con diálogo sin condiciones.

Y es entonces cuando a muchos y muchas  nos cuesta creer a estas alturas que  los gestos más simbólicos del presidente Hugo Chávez , como aquel  de  mostrar un crucifijo ante las cámaras y ante todo el país abogando por esa paz y ese diálogo -aún caliente la sangre de las víctimas del pérfido y frustrado, por la movilización cívico-militar,  golpe de estado empresarial de abril de 2002 en su contra-,   no  dejaron  una impronta indeleble en el devenir patrio sobre su firme vocación pacifista y dialogante, a pesar de la sostenida campaña mediática opositora que no se cansó de tildarlo de violento y tirano hasta el día de su lamentable muerte..

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