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A Kity me la salvó Misión Nevado

Por Verónica Díaz Hung

El 31 de diciembre estuve a punto de recibir el cañonazo con mi gata muerta. Kity, una linda mestiza coloreada de marrón y blanco, decidió adoptarnos hace algunos años, pese a que mi casa está poblada por perros. Llegó hambrienta, embarazada y no sé cómo pudo hacerse un espacio entre tantos perros, pero aprendió por donde pasar y por donde no y desde entonces es la linda gatica que busca mi protección.

Pero ella se aterra con los cohetes y este año a causa de su pánico se quedó atrapada en el patio al que nunca se mete, donde están mis perros que no quieren a los gatos. Y cuando estaba preparando la mesa para el fin de año, escuché el gemido aterrado de Kity pidiendo auxilio. Mi hijo y yo salimos tan pronto como pudimos, y encontramos que Toto, mi mestizo de pastor, tenía a Kity por el cuello y Flor, una linda perrita que salvé de la calle, mordía a Kity por su pata trasera, cada uno jalando en dirección contraria. Mi hijo apartó a Toto tan pronto como pudo y yo se la arrebaté a Flor, pero cuando por fin la rescaté, Kity tenía sangre en la boca, y jadeaba con una respiración acelerada. Estaba muy débil, en shock, como entregada a la muerte. Sentí una angustia extrema y me comprobé lo mucho que podemos llegar a amar a un animal.

Desesperada, con mi gata herida, fui junto a mi esposo a uno de los pocos consultorios abiertos la noche de fin de año. La doctora no estaba y mientras la esperábamos empecé a reaccionar, el sitio tenía cámaras de TV, servicios de terapia intensiva. Era lo más parecido a las lujosas clínicas privadas que no podemos pagar aquellos que como yo no tenemos seguro médico. En un momento de lucidez pregunté el costo de los servicios y muy amablemente el muchacho que nos atendió me sacó la cuenta. Cobraban 22.500 bolívares por la consulta por ser nocturna, 4 mil por radiografía y lo más probable es que se necesitaran como mínimo tres, más la hematología completa y algún otro examen, por lo que la suma de todos estos costos totalizaban una cifra que no estaba a mi alcance. Con todo el dolor de mi alma, me despedí con mi gata herida.

Más tarde averigüé que Misión Nevado trabajaría el 1 de enero. A los 8 de la mañana Kity, aunque muy decaída, estaba todavía viva, y a esa hora llegamos al Centro Veterinario Integral (CVI) de Nuevo Circo de Misión Nevado, en donde encontramos a una abuelita con un cachorrito negrito que era el primer paciente del año, y a una pareja con un cachorro blanco con manchas marrones, que al igual que yo habían recibido el año con la angustia de su querido animalito enfermo.

Esperamos a que llegaran los doctores y durante ese tiempo me sorprendí con los pobladores caninos protegidos por Nevado. Habían múltiples perritos todos sobrevivientes a heridas terribles que agradecían la segunda oportunidad que la hermosa Misión les había brindado. También habían numerosos gaticos en adopción.

Uno de los que más me impactó fue un mestizo de talla mediana que se desplazaba feliz con su sillita de ruedas, ya que sus extremidades traseras las había perdido en algún horrible accidente. También me impresionó un imponente perro mestizo que caminaba con tres patas, ya que una de las traseras estaba inservible y se le veían las profundas cicatrices que le habían quedado porque era evidente que había sobrevivido a una voraz gusanera.

Cuando llegó la doctora nos pasaron entre los primeros ya que entendían la gravedad del caso. Kity fue atendida, incluso mejor, que en la más cara clínica privada, porque el equipo de Nevado trabaja con alto profesionalismo y con la mística y el amor de quienes amamos y respetamos a los animales, por lo que Kity no fue tratada como una mercancía como sí ocurre en muchos consultorios privados.

Nevado no solo costeó esa consulta de un 1 de enero, también el tratamiento, que incluyó antibióticos, antiinflamatorios, crema cicatrizante, antiséptico, ya que debimos hacerle varias curas. El día de la última cura nos encontramos con un hermoso gato negro y blanco que había peleado con un rabipelado. Su dueño agradecía a todo el personal de Nevado porque, al igual que a mí, le habían salvado a su gato. “Esta gente son unos santos, aquí no sacrifican a los animales, aquí luchan para salvarlos, todos, incluso los vigilantes, son unos santos”, repetía. Yo me conmoví y me acerqué a todos y casi llorando les di las gracias. Después nos devolvimos para la casa junto con la familia del gato blanco y negro y por el camino el señor me dijo que le agradecía a Chávez, pero no a Maduro. Pese a que no tenía ganas de pelear, no me contuve y le dije, “pero si la Misión Nevado la creó el presidente Maduro y la ha mantenido pese a la guerra económica y a la caída de los precios del petróleo. Señor, por favor, no sea tan malagradecido”.

Y me contestó, ese es su deber como Presidente, a lo que le respondí, “esto solo ocurre gracias al milagro de nuestra Revolución, en países como en México, no existen consultorios veterinarios públicos, todo lo contrario, el gobierno de lo que se ocupa es de recoger a los animales de la calle para matarlos y hace un tiempo incluso firmé una petición para pedirles que no los electrocuten para ahorrar en el método de sacrificarlos”. Al final el señor debió reconocer que aquello que nos parece cotidiano, solo ocurre en Revolución y que Maduro ha sido un leal hijo de Chávez.

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