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Nuestro camino

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La contundencia de la elección constituyente –la mayor votación en nuestra historia electoral– comprueba una vez más que la Revolución Bolivariana es el camino de Venezuela.

Todas las fuerzas contrarrevolucionarias de Estados Unidos, Europa y América Latina, tensadas al máximo, vienen prodigando a sus cipayos de aquí cuanto recurso han estimado necesario para derrocar al Gobierno bolivariano, exacerbando los ámbitos mediático, político, financiero y de adiestramiento en terrorismo y despejando cualquier duda que pudiere haber sobre el carácter criminal –y en medida sin límite– de los comprometidos en la conjura. Y aunque se trata de un ejercicio recurrente, no deja de asombrar al sentido de la decencia y la sindéresis la enormidad de mentira, infamia e inhumanidad que han desplegado.

Los cipayos –lanzados con tal carga de odio que rutinizaron la quema de personas vivas, la muerte en diversas formas y la destrucción o deterioro de importantes centros de atención social y gestión pública– han demostrado al mismo tiempo su pequeñez política y su absoluta carencia de sentido de la realidad y de las proporciones, lo cual les ha costado el rechazo de buena parte del sector de capas medias en que se apoyan.

El presidente Maduro, creciendo aceleradamente como estadista, desde el primer momento los llamó a un diálogo y planteó la paz como objetivo central del momento para los venezolanos. Ya había señalado, a propósito de la derrota electoral del 15-D, que se trataba de un resultado transitorio y reversible –¡cómo los conoce!–, pues sabía que ellos derrocharían lo ganado y el Gobierno asumiría el latigazo, corregiría errores y les pasaría de nuevo por encima.

Y así, lanzó en el momento justo la convocatoria a Constituyente, para poner la decisión directamente en manos del pueblo.

Y el pueblo acaba de obtener una victoria determinante. Ellos seguirán dando unas pancadas de ahogado, pero irremediablemente se atragantarán en su odio. Creen que el imperio y sus gobiernetes vasallos les harán el trabajo que no saben ni pueden hacer, pero nuevamente se quedarán colgando.

La Asamblea Nacional Constituyente, creación popular heroica, tiene ante sí planteadas tareas de singular importancia, pero no creo impertinente recordarle, tanto el objetivo esencial del proceso: conquistar la mayor suma de felicidad posible para nuestro pueblo, como la conciencia de lo que esa aspiración exige sine qua non: realizar la liberación nacional, a fin de ser dueños de nuestro destino como país, y la liberación social, para serlo de nuestras propias vidas.

Una y otra implican enfrentar y vencer al enemigo histórico, el bloque de poder imperialista-oligárquico, lo cual requiere a su vez consolidar la unidad interna del pueblo (civil y en armas), con sus clases y capas progresistas nucleadas alrededor de la clase obrera, y la unidad continental bolivariana, para tornar invulnerables las victorias. En tales empeños se ha caminado, mas las dificultades son inmensas y no pocos los tropiezos. Pero, para tropiezos y dificultades, la consigna de Bolívar: ¡triunfar!

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